Estábamos en la plaza, observando el gentío, mirando la
gente pasar de un lado a otro mientras comentábamos lo que nos inspiraban sus apariencias.
Apareció un tipo vestido con ropa muy colorida, y llamaba más la atención no
por la ropa, si no porque llevaba cargado a la espalda un gran cajón. Se acercó al medio de la plaza y allí descargó su cajón, se colocó encima de él y comenzó
a chillar.
-¡Eh! ¡Voosootroos! Vivís envueltos en una gran mierda parida del ano de Dios,
condenados a comer su hedor, esa realidad que os pintan día a día con sus
medios de comunicación y sus eventos, ¡Estas circunstancias! Donde llevan la
luz y dan vida a lo que realmente les conviene para que todos ustedes sigan
caminando con esa desgana, y pensando, ¡Siempre! Que hacéis y estáis en lo y el
camino correcto-.
La gente se empezó a acumular alrededor del hombre, nosotros, desde donde
estábamos sentados, solo le conseguíamos ver la cabeza. Pero se le oía bien.
-Os contaminan vuestra alma a partir de vuestros propios instintos. Están
apagando la creatividad del ser humano, limitándola, manteniéndola en una
cárcel en la que quien quiera que se atreva a cruzar los limites, está
condenado a ser ridiculizado si saca un poco la cabeza. ¡Pero qué no os engañen,
amigos! La libertad y el poder de nuestra imaginación es inatrapable, inconcebible,
inacabable y eterna. Hay otras formas de vivir esta vida, de buscar y
comprender las cosas, hay otra forma de mirar al horizonte, de crecer y de
compartir. Solo es empezar a mirar desde nuestros ojos hacia nosotros mismos
para desde nosotros mismos mirar al mundo dejando de lado la imagen que esos
pocos que nos quieren controlar defienden. Y si ustedes lo que quieren es un
poco de dinero para comenzar a torcerles los planes, aquí tienen, este cajón
para todos ustedes. Yo ya me voy que ya vienen los perros de esta zona-.
El hombre saltó del cajón y se alejó corriendo del lugar. El mogollón de gente
que había, unos miraban a unos policías que se acercaban a ver que pasaba, y
otros atacaban al cajón, estaba lleno de billetes por lo visto.
Lo curioso de la historia es que ese mogollón de gente que miraba, echó a
correr a por los policías, y estos, echaron patas.
A. AlPa
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