lunes, 19 de mayo de 2014

Timú



Erase una vez una familia de cervatillos que vivían en un gran y extenso bosque, No hay mucho que contar sobre su vida, pues casi siempre hacían lo mismo; correr, saltar, jugar, comer, beber, escapar.

Un mal día, una de las crías de los ciervos, inexperta en la vida, se dejo llevar por un rastro de suculentas bayas, y ¡Zas!, un cepo la dejó sin patita.

Los cervatillos, cuando crecían, se iban por parejas a saltar, jugar, investigar. Pero a la cervatilla Timú, la cojita, no le gustaba, ella apenas se mantenía en pie con sus tres patitas.

¡Otro día! ¡Qué mala suerte la de Timú!, que se alejó un poco de la manada, junto a su hermano, para buscar setas por el bosque, cuándo de pronto, un hombre les vio. ¡Y salieron corriendo!, y Timú, se calló por una ladera arenosa, raspándose toda su cara.

Vaya mala suerte la de Timú, desfigurada y coja, pensaba que jamás encontraría un ciervo para procrear, pero por suerte, la familia iba en manada, y jamás la abandonarían.

El tiempo pasó y Timú ya era toda una cierva. No iba tan rápido como los demás, pero para tener solo tres patas lo hacía genial, era ágil y vivaracha.

Un día estaba toda la manada compartiendo batallas con los pequeños cervatillos en un claro, Timú estaba allí disfrutando, escuchando y compartiendo historias con los pequeños cervatillos, cuando de pronto, al levantar la cabeza y mirar hacia el bosque, pudo ver no muy lejos como una de las crías se adentraba en el con la cabeza pegada al suelo, siguiendo unas suculentas bayas. Timú, cardiaca, echo a correr todo lo veloz que podía ¡Y de un salto!, se puso en frente de la cría, parándola y evitando así que ella también perdiese su patita.

Una historia más para contar en el claro.

A. Alpa

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