domingo, 7 de febrero de 2016

Antes, manicomios.



Si, quiero. Pero recuerda, hasta que la muerte os separe. Y el asesino disparó, mientras reía y sus babas se convertían en delatoras de aquella persona que se encontraba detrás del Colt. Bendidas babas de agua bendita. Se había agazapado antes detrás de la puerta de la habitación de invitados, y había logrado permanecer en silencio justo en el crítico momento en el que pudo soltar una carcajada, porque cuando esa persona se ponía nerviosa, reía. Pero como habéis leído ya, sólo en el momento que apretó el gatillo no una, si no tres o cuatro veces consecutivas, rió. Conociendo a esa persona, también os puedo decir que en ese instante no se rió precisamente porque no pudo templar sus nervios, si no porque supo que en el fondo su tormenta había acabado, para dejar paso a la mas absoluta calma que solo llega no después, si no en la propia locura, en la propia demencia, en este estado catatónico, en ese clímax, en ese estado de semimuerte cerebral, en absoluta armonía con el cuerpo, porque la mente, se va.  En el zenit de nuestra esquizofrenia.
Así quedó, y así debe de estar, eso sí, ahora producto de los barbitúricos proporcionados por la seguridad social, atado de pies y manos mientras sonríe con la mirada perdida atado en una de las cientos de camillas del manicomio. Porque hace tiempo se conocían como manicomios. 

Conociendo a esa persona sé que probablemente ahora mismo está feliz, y que el problema de reírse cuando está nervioso se fue en aquellos cuatro balazos, ahora sólo ríe de gusto, de felicidad.
No creo que vaya a ver a esa persona nunca al manicomio, pues sobre quien disparó, fue sobre mí. Y yo me encuentro muy bien pensándolo cómodamente entre las sábanas.