viernes, 25 de abril de 2014

Manuel.

En el monte, en un lugar realmente lejano, cubierto por una densa niebla, que lo hacía mágico, estaba paseando Manuel. Paseaba para alejar las penas y preocupaciones diarias que tanto le atormentaban. Su vida, había sido dura y no precisamente fácil. La mala suerte era una constante, pero él, siempre optimista, confiaba en que algún día cambiaran las tornas. O eso creía.

Estaba húmedo, y los olores eran penetrantes, olía a pino, a musgo, a tierra, a vida. Así debe de oler el paraíso. El suelo presentaba un bonito manto de distintos tipos de hongos y setas, de mil colores y tamaños, mientras los pájaros, siempre tan madrugadores, acompañaban con algún tímido canto al sonido de las pisadas de Manuel.

Los momentos de paz se saborean a cuentagotas, vivimos muy deprisa, y no apreciamos los pequeños detalles. Manuel se paró de repente, y comenzó a llorar. Manuel comprendió que había cometido un grave error, del cual, no se podría arrepentir jamás. No había tampoco marcha atrás. Sinceramente, no había nada. Manuel ya no existía porque hace tiempo que había muerto. 

A Manuel lo mataron, acabaron con su vida los bancos, las deudas, los impagos. Ellos empujaron a Manuel a cometer el error mas grande y grave de su vida. Y ahora, llora Manuel. Como también llora su mujer, y también lloran sus hijos e hijas. Lloran por el profundo dolor al que fueron sometidos en vida, y lloran ahora porque Manuel no pudo aguantarlo. Les quitaron la vida, cuando todavía no estaban muertos. No dieron opción.

Manuel salió con su escopeta al monte, pero nadie se fijó en que los perros seguían en la caseta. Hasta que Manuel tardó demasiado en volver. Manuel se fue sin decir nada, sin dejar notas, sin dar explicación. Porque todos sabían que Manuel en realidad, aguantaba una gran presión encima, y todos conocían su motivo.

Manuel ahora, a veces, pasea por el monte, disfrutando de esos pequeños momentos que permite saborear la vida. De las mañanas con niebla de Otoño, del manto de las setas, del olor a humedad, de lo mágico de los árboles. Pero de vez en cuando, se muere de sed, porque no puede beber. Se muere de hambre, porque no puede comer. Se muere de soledad, porque no puede hablar. Se muere de tristeza, porque no puede reír. Y se muere en vida, porque en vida sentenciado, se dejó morir.

Pablo A.K.

No hay comentarios:

Publicar un comentario