Dispararon cinco veces, al aire. Por su honor, por su cuerpo mutilado y mugriento, del que tuvieron que sacar un trozo de diente que andaba a tomar por culo de donde había explotado la bomba. No le reconoció ni su otrora mujer, ahora viuda. Lloró a un tarro de barro y cenizas, lloró a un cachito de su traje, medio calcinado. Y de consolación, unos hombres viejos y con trajes de muchos galones, la dieron una medalla. Al mérito debía de ser. Creen que Dios le tendrá en su gloria, si es que él también le reconoce ahí arriba.
Cavaron un buen hoyo, metieron el tarro dentro de un ataúd, sencillito, sin estridencias, le pusieron un trapo encima, por el que los viejos decían que había muerto, y venga, para dentro. Tiraron unas flores, a juego con los colores del trapo. Pusieron cara de como si andaban estreñidos y llevaran un mes sin echar un buen cagado. Palmadita en la espalda a la viuda, y se metieron en sus flamantes coches oficiales, negros esta vez para la ocasión, a juego por supuesto, con su corazón, o como la ceniza en la que se había convertido el cadáver.
Cogieron el teléfono y ordenaron sacrificar a varios de sus hombres y mujeres en otro ataque de una guerra sin sentido. En su negocio. Gran partida de ajedrez, retransmitida por televisión ante el pueblo anestesiado, con árbitros de un color muy claro, imparciales, y como peones, soldados rasos y civiles que no entienden nada, que confundidos, creen que tienen mucho que ganar y poco que perder. El colmo de la ignorancia.
Mañana, otras setenta nuevas muertes por la patria. ¡Aleluya! Es todo tan normal... Pero por si acaso, una buena dosis de anestesia por el cristal de la pantalla. Saturados de mierda. Y ellos, los viejos con galones, contando sus ganancias, mientras están echando una buena cagada, aquella, que no les salió el día en el que despidieron a un "hijo".
Valientes hijos de perra...
Pablo A.K.

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