Erase una vez, al comienzo del día, en una gran isla, una mujer, una madre, dando a luz. Desde la calle se podían oír los gritos, el niño venía grande, y le costaba salir, pero al fin lo consiguió. La abuela de la criatura corto el cordón, lavó un poco al crío y lo puso en los brazos de su madre, empapada en sudor. Las dos se alarmaron, pues el bebé no emitió ni un sólo llanto, respiraba, pero no lloraba. El crío se puso a mamar en cuanto su madre, Teisha, lo acercó al pecho. Esto las tranquilizó y la abuela se puso a preparar la comida, mientras Teisha y la criatura se rendían al sueño, tranquilos.
Paso el día sin mucho ajetreo, igual que todos los días en sus vidas, y llegó la noche. Teisha se volvió a alarmar, esta vez a solas con su hijo, al que llamó Tatanoc. Tatanoc parecía no coordinar bien su cuerpo, apenas emitía sonidos, y Teisha intuyo lo peor, quizá Tatanoc había nacido con alguna insuficiencia física, esto en la época en la que transcurren los hechos era motivo para asesinarlo, pues en donde vivía, cualquier bebé o niño que mostrará deficiencias era sacrificado, ya que cuando fuese un adulto no sería útil como guerrero y era a lo que se dedicaban la mayoría de los hombres de la isla.
Como ya he dicho antes, la isla era muy grande, el poblado apenas ocupaba una parte de ella, y fuera de el, no había nada más que bosques, acantilados, playas y parajes que en muchos de los cuales, el hombre aún no había puesto el pie. Teisha decidió esa misma noche fugarse con Tatanoc al interior de la isla, sin decir nada a nadie, ni a su madre, pues era una gran defensora de las costumbres y de la cultura, no permitiría que Tatanoc seguiría con vida. Teisha no iba a dejar que nadie quitase la vida a su hijo, antes, prefería morirse junto a el, lejos de ese pueblo, de esa cultura, lejos de asesinos. El padre de la criatura partió meses atrás en un barco, hacia la batalla, seguramente a esas alturas ya estaría muerto, con lo cual Teisha ni se preocupó.
A la mañana siguiente, antes de que la luz del sol lo inundase todo, Teisha cogió a Tatanoc y una bolsa con unos pocos alimentos, y partió. No tardó mucho en encontrar su sitio, pues al día siguiente, ya muy al interior de la isla, encontró una cueva perfecta para sobrevivir con Tatanoc lejos del alcance de criaturas y lejos del pueblo. Teisha, como toda mujer, sabía y entendía sobre frutos y plantas, también como cazar ciertos animales mediante trampas, así pues no le costó mucho salir adelante con su hijo.
Pasó el tiempo y como es lógico Tatanoc creció. Teisha le enseñó todo lo que sabía; a cazar, a distinguir plantas comestibles, otras medicinales, a hacer ungüentos, a comunicarse mediante gestos, pues Tatanoc no manejaba bien su voz, había nacido con algo que no le permitía hablar y apenas emitía sonidos. Pero aún así los dos eran felices, vivían bien y estaban a gusto el uno con el otro.
El tiempo siguió pasando, Teisha explicó a Tatanoc porqué estaban ellos solos, como había tenido que exiliarse para evitar que le quitasen la vida. Esto a Tatanoc le hizo generar un sentimiento de venganza y odio, pero Teisha siempre le frenaba cada vez que lo sacaba a relucir, pues sabía que si iba hacia al pueblo lo matarían.
Un día, mientras se limpiaban en un arroyo, surgió entre ellos un deseo sexual, el cual llevaron a cabo, y así, fue como Teisha quedó embarazada de Tatanoc.
Pasaron los meses y nació el niño, sin complicaciones. Y detrás de el nació otro, y otro, otro... Al final Teisha y Tatanoc formaron una tribu de siete personas: Teisha, Tatanoc, Primulo, Shecuá, Crelopo, Mithor y Fancashé, el más joven de todos ellos, aunque cierto es que los nombres en este caso, dan un poco igual.
El único que no hablaba era Tatanoc, y como es lógico, con el tiempo idearon un lenguaje de signos sencillo para poder comunicarse todos con el. Hacían casi todo juntos, en manada, nunca se alejaban unos de otros más allá de donde alcanza la vista. Todos y cada uno de ellos habían crecido con ese odio y esas ansias de venganza, enseñadas por Tatanoc, pues a Teisha no le gustaban, despertaban en ella miedos muy desagradables. Todas las noches antes de dormir, Tatanoc les relataba una historia, siempre iba sobre amor y venganzas, al final acababa en una batalla que ganaban los buenos. Y así pasó el tiempo, hasta que llegó el día en que Teisha falleció. Todos lloraron, sin entender muy bien por qué Teisha había dejado de respirar, se pasaron un mes esperando a que despertará. Al final la dejaron en la cueva, y sin pensarlo dos veces juntos se encaminaron hacia el pueblo donde Tatanoc había nacido, para vengarse, por fin, aunque fallasen a lo que Teisha siempre les dijo.
Tardaron dos días en llegar a divisar el pueblo a lo lejos, pues rodearon bastante en el transcurso del camino, Teisha les había dicho como era el entorno en alguna historia, alrededor de la hoguera, pero no el camino exacto. Hicieron una especie de campamento provisional y prepararon armas para el ataque entre que llegaban y no.
Divisaron el pueblo y decidieron acercarse tranquilos hacia las puertas, con unos cuchillos escondidos debajo de la túnica. Al llegar allí, solo acuchillaron al guardia de la entrada, rápido les atravesaron las flechas de los vigías de la muralla, todos fallecieron al instante. Seis muertos en las puertas de un pueblo.
A. AlPa
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