jueves, 12 de junio de 2014

La culpa.

Entró en la habitación del hijo, que estaba haciendo las cuentas del pequeño negocio, y tras un silencio incómodo, le gritó enfurecidamente, sacando fuerzas de donde no las tenía debido a su terrible enfermedad. Es más, no sé ni como pudo subir las escaleras, seguramente lo haría de forma penosa, casí sin aliento. Por eso lo del silencio incómodo. Pero como decía, sacó fuerzas para gritar, para reprochar al hijo que sólo se había preocupado de su negocio y de su nuevo amor, y había dejado de lado a su amigo y a su propio padre, gravemente enfermo, a sabiendas de que hacía mal, pero con la poca vista de creer que no se darían cuenta de los desmanes y desprecios, de su ensimismamiento, de su astucia. 

Pero había sido él el principal damnificado con todo esto, con todo este lío en el que se había metido. Los doctores ya le dijeron que le quedaba poco tiempo al padre, aunque pareciera que tuviera cierto interés en quedarse la herencia, nada despreciable que como hijo único le tocaba y que aún no administraba. No era por eso su comportamiento. Era algo mucho peor, era su propio interés. Y al ver a su padre colérico, esputando hasta casi sangre al hablar debido a su ardiente enfermedad en los pulmones, y al saber que se había acabado la paciencia de su gran amigo debido al maltrato que había sufrido por su parte, el hijo, visiblemente afectado, recogió los papeles cuando su padre paró de gritar y de toser, cuando empezó a bajar las escaleras y oyó cerrarse la puerta que daba a la otra estancia, sólo cuando pasó eso, comenzó a llorar desconsoladamente, sabiéndose maldito, sabiéndose que había obrado mal, y que el poco tiempo ganado para él, lo había perdido para siempre con los que eran de verdadera importancia.

Fue al armario, cogió su traje más caro, se puso las botas, y salió a la calle sin decir absolutamente nada a nadie. Ya había apuntado los últimos albaranes. Llamó por la cabina telefónica a la sirvienta que iba a ayudar para que llevara a su padre un trozo de pan con una botellita de aceite de oliva, y ordenó que también le sirviera un poco de leche caliente con café para cenar. Tras esto, se fue al paseo marítimo, y se arrojó al mar, porque sintió que las aguas, al morir, siempre van al mar.


Pablo A.K.

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