lunes, 10 de marzo de 2014

Las Cartas



Se presumía aquel final de verano como algo idílico. El pastor lugareño había vaticinado que el Otoño, con sus vientos y su manto marrón y amarillo, retrasaría su llegada hasta no menos que acabara Octubre, por lo que todavía a finales de Agosto, se podía interpretar como una pequeña tregua al sol para que siguiera con sus rayos haciendo que los días fueran mucho mas agradables si cabía.

Nombre, que había pasado todo el verano trabajando, estaba encantado de la noticia porque era señal de que iba a poder disfrutar de unas largas y merecidas vacaciones como Dios manda. Claro que antes debía de resolver algún papeleo sin importancia y la mudanza, ya que quería dejarlo todo acabado para el día en que se marchara de vacaciones.

Había comprado una nueva casa en la ciudad, debido a que la carretera del pueblo a la ciudad era bastante peligrosa sobretodo en invierno, y al tener el trabajo allí, debía de recorrerla al menos dos veces al día, y doce veces por semana, habiendo tenido ya varios sustos. Atrás dejaba su antigua casa del pueblo, que según lo que pudo saber, había pertenecido a un antiguo párroco, después cedida a unas monjas que estuvieron dando clase a alumnos y a alumnas en el internado del pueblo vecino, para posteriormente pasar a manos del ayuntamiento local que se la vendió finalmente a Nombre.

Estaba la casa prácticamente recogida, pues tan solo quedaba ya el desván, al que Nombre sólo había subido un par de veces debido a su fobia a las arañas, y en el cual, éstas, campaban a sus anchas. Tenía allí una vieja bicicleta que iba a dejar a su vecino para que la arreglara y la pusiera en orden, y un par de cuadros que no había colgado, pero que quería recuperar para su nuevo hogar, porque precisamente feos no eran, ni mucho menos, y junto a éstos, un estuche que guardaba su viejo trombón con el que aprendió a tocar algunas notas. Intentaría no pensar en las arañas, cogería rápidamente los objetos, bajaría y con cuidado y ya a la luz, primero, comprobaría que no hubiera arañas y segundo, desempolvaría y metería en cajas el trombón y los bonitos cuadros.

Al llegar a casa, Nombre ni tan siquiera se dio una ducha, pues sabía que lo más probable es que el pelo se le llenara de seda de las telarañas, cogió una linterna y decidido y sin pensarlo más, se dirigió al desván. Para subir al desván tenía que coger una pequeña escalera, y primero abrir una puerta, que basculaba hacia el pasillo con cuidado de que esta no le hiciera perder el equilibrio, aunque ciertamente no era pesada, bajar un poco por la escalera para librar la puerta y posteriormente volver a subir.

Quitó la vieja sábana que cubría la bicicleta, y sonrió al ver de nuevo la preciosa bicicleta, aunque con las ruedas deshinchadas parecía ciertamente desvencijada, la cogió y la dejó apoyada al lado de la puerta del desván. Después fue hacia donde estaba el trombón y los cuadros, quitó las sábanas con las que apartó, no sin menos sensación de asco o fobia las dos arañas enormes que yacían sobre ellas, y cargó con su pesado instrumentó y los dos cuadros.

Pero al cogerlo todo, unido a su peso, las maderas del viejo suelo quebraron, y cayó a una especie de hueco de alrededor de un metro y medio de profundidad. Desorientado unos segundos por el golpe y la sorpresa, se apresuró a coger la linterna para ver si se había lastimado y también para comprobar que no tenía por su cuerpo las dichosas arañas. Vio que los cuadros estaban afortunadamente bien, y el trombón no había sufrido daño alguno debido a que el estuche lo había protegido. Pero al girarse, vio que había un baúl debajo del suelo del desván. Primero pensó que cómo era posible, pero pudo observar que se había abierto una pequeña rendija por la que pasaba la luz proveniente del pasillo. Nunca había pensado que detrás de la pared del pasillo hubiera una especie de hueco, y mucho menos debajo del suelo del desván…

Sin pensárselo dos veces, y con una curiosidad enorme, se dispuso a quitar el polvo del viejo baúl. El baúl era de color marrón, entero de madera excepto sus bisagras, refuerzos y su cerradura, que era metálica y sobretodo era la que denotaba que el baúl tenía bastante tiempo, era muy antigua. Afortunadamente, estaba la llave puesta, y con mucho cuidado, Nombre, se dispuso a girarla… Una vuelta, dos vueltas y bingo, la tapa del baúl cedió unos milímetros hacia arriba, señal de que ya podía levantar para ver lo que había dentro.

¿Qué es lo que encontró Nombre dentro del baúl?

a)      Nombre y la maldición.
b)      Nombre y las ratas.
c)      Nombre  y el fin de la historia.
d)   Nombre y la partitura.









a)

Al abrir el baúl, Nombre, encontró en su interior dos viejas y desvencijadas prendas. Una pertenecía a un niño pequeño, y estaba compuesta por un pantalón, una camisa raída y una especia de gorra de la época. A su lado, había un vestido de color rosa palo, muy maltratado por el tiempo, que parecía haber pertenecido a una niña de corta edad también. Debajo de ellos, había una foto en blanco y negro, realmente antigua. A Nombre, tras observarla un poco, no le cupo la menor duda de que esa foto era la de los dos niños, ya que llevaban exactamente la misma ropa que había en el baúl. Por detrás de la foto, un mensaje enigmático.

“Descansando en el arca, el primero que perturbe nuestras almas, cien años sin calma.”.


Al leerlo, Nombre lo cerró instantáneamente, saliendo de allí en seguida para bajar las cosas cuanto antes, y a la vez preocupado por el mensaje de detrás de la foto. ¿Habría sido él el primero en abrir el baúl desde que lo cerraron? ¿Realmente pasaría algo? ¿O tal vez no se cumpliría la especie de maldición?

En el pensamiento de Nombre quedaron volando esas preguntas. Metió en el coche el trombón y los cuadros, dejó la bicicleta al vecino y cerró la puerta de la casa con un amargo regusto, no con la sensación encontrada de tristeza y a la vez satisfacción por dejar atrás una etapa de su vida y abrírsele una nueva.

En su pensamiento esas preguntas… No se le iban de la cabeza en ningún momento, seguían ahí, ancladas, impunes al paso del tiempo y al transcurrir de los días. Ni tan siquiera el ir bien en el trabajo le había conseguido distraer de aquella maldita frase. De hecho, cuando dormía, lo hacía profundamente, pero cada vez con más frecuencia tenía una ensoñación, la misma ensoñación. En ella, aparecían la niña y el niño correteando por una especie de jardín que tenía la casa, que se veía al fondo. Todo el sueño era en color sepia. Al principio reían los dos, cuando de repente, se quedaban mirando fijamente a Nombre, que no podía apartar la mirada de ellos, para ponerse a llorar desconsoladamente, con sufrimiento, mientras se acercaban lentamente a Nombre, y cuando le tocaban, quedaban allí mismo las prendas y desaparecían los cuerpos, pero no los llantos de los niños, y despertaba horrorizado ante tal repugnante sueño.

Semana tras semana, día tras día, siempre lo mismo. Nombre había enloquecido en sus propios pensamientos, obsesionado preguntándose siempre las mismas preguntas, sin hallar respuesta. Pero la respuesta, ya la tenía. Se había cumplido. Aquellas preguntas que se hacía eran a la vez su respuesta. Nombre había enloquecido sin darse cuenta, para siempre, para el resto de su vida. Aquel fatídico momento en el que Nombre cayó al agujero, la decisión de abrir el baúl, y la curiosidad por haber leído las fotos, causaron en Nombre el tormento perpetuo de sus pensamientos, sin que él, nada pueda hacer por dar respuesta ante tan obvias, ahora sí, preguntas.

















b)

Al abrir el baúl, Nombre encontró en su interior un viejo libro. Tenía las pastas gruesas, cubiertas con un fino cuero que cuarteado, seguía aguantando el paso del tiempo forrando y engalanando a su vez el libro. Las hojas, tenían un color como el tabaco, y denotaban que el libro lo habían escrito hace mucho tiempo. ¿Cuántos años podía tener? ¿Quién lo habría escrito? La curiosidad y emoción no hicieron dudar a Nombre. Se apresuró en abrirlo, y en la primera página, encontró una especie de dedicatoria escrita a mano que rezaba:

“Rogad a Dios por las ratas, pues la sabiduría y justicia de la muerte adora sus colmillos.”

¿Cómo alguien en su sano juicio podía haber escrito semejante frase? Fue lo primero que se le pasó a Nombre por la cabeza.

El libro estaba todo escrito a mano, con una caligrafía cuidada, pero notablemente típica de la época, de trazo fino e inclinado, como cursiva, y de un color azul marino casi negro. De verlo abierto, si no fuera por la ausencia de fechas, parecería incluso un diario, pero claro, quizá este libro se escribió antes de la invención de la imprenta, aunque fuera poco probable.

Nombre estaba notablemente confuso al principio, no era capaz de encontrar un guión o un hilo argumental a la historia, no era capaz de dar con algo que le hiciera confirmar la misteriosa dedicatoria a la entrada del libro. Las ratas… ¿Por qué las ratas y no los perros?

Nombre lo entendió al seguir leyendo. Lo que estaba leyendo estaba dejándolo anonadado, estaba alucinando, introduciéndose en un nuevo mundo, que empequeñecía el actual.

El libro,  venía a decir que los humanos éramos hermanos de las ratas. Esto era así hace muchísimo tiempo. Explicaba que los humanos y las ratas llegaron a la primera ciudad del mundo a la vez, y que en vez de echarse unos a otros, decidieron compartir la ciudad en paz y armonía. Las ratas por aquel entonces eran limpias, y cuidaban de no molestar a los humanos, a la par que estos las facilitarían comida a cambio de que las ratas hicieran galerías para poder almacenar víveres ante futuras invasiones de humanos rivales.

Pero a los humanos, les empezó a molestar más la presencia de éstas por las calles, y cada vez las exigían mas horas de trabajo por la misma dosis de comida, aun sabiendo que la población crecía y las necesidades aumentaban. Al final, sólo las dejaban salir por las noches a la superficie, y las que salían, empezaron a desaparecer misteriosamente. Las ratas, listas ellas y menospreciadas por los humanos, hicieron en secreto una asamblea en la que decidieron investigar por su cuenta las desapariciones de miembros de su colonia, y decidieron buscar una excusa para dejar de hacer nuevas galerías.

Enviaron a las dos ratas mas sabias a espiar a los humanos, y descubrieron con horror como los humanos habían utilizado las pieles de las ratas para curtirlas y hacer calzado. ¡La crueldad hecha zapato!

Las ratas, cuando volvieron, contaron rápidamente a la colonia los descubrimientos, y decidieron tomar la justicia por su cuenta. Ellas se dieron cuenta del poder de sus colmillos, y decidieron que en ellos transportarían la peste negra, una enfermedad letal que pudre a los humanos. También decidieron descuidar su aspecto, para causar mas miedo  y asco a los humanos, ya que de otra forma no las tomarían en serio, y decidieron multiplicarse en mayor número, aun a riesgo de de padecer hambrunas. Pero para ello, también decidieron buscarse el pan por su cuenta, y accederían a las despensas de las personas para mordisquear todo aquello que sus poderosos dientes.

Las galerías las derrumbaron, y decidieron acceder por nuevas hasta las mismas casas, para poder atacar mejor a los humanos. Y así, prácticamente estuvieron dominando ciudades y campos para sorpresa de los humanos, que estaban siendo diezmados por las enfermedades transmitidas por estas, y debilitándose debido a que ahora las ratas se habían vuelto insaciables y destructivas, debido a la traición del pacto.

La muerte, siempre tuvo aprecio por las ratas, puesto que impartieron la justicia necesaria ante la codicia humana. Por eso, Nombre por fin entendió la especia de dedicatoria en la primera página del libro. Por eso, comprendió que este libro, lo habían escrito las ratas, para dejar constancia de que los humanos son aquellos que incumplen siempre los tratos por su ambición.

Los humanos tardaron en recuperarse muchísimo tiempo, y como recuerdo de esta historia, queda el otro pacto de los humanos con los gatos, esos animales que cuentan las malas lenguas son capaces de relacionarse con el mas allá, y son los mas feroces y eficaces defensores de las ratas para los humanos, y la mutación de las ratas para compartir gran parte del genoma humano pero diferenciarlo en lo mínimo posible para poder transportar enfermedades sin que causaran daño al animal.

Nombre, al terminar el libro, fue devorado por las ratas, para que nunca nadie pudiera saber la verdadera historia de por qué, en realidad, casi somos como hermanos de las ratas, de las sabias ratas.





























 c)

Al abrir el baúl, Nombre no encontró absolutamente otra cosa que no fuera suciedad. Sin más dilación, Nombre cerró el baúl, se rehizo del susto, cogió sus cosas, y con celeridad, las bajó de la casa, temiendo nuevos contratiempos. No cogió el baúl porque era bastante supersticioso, y Nombre creyó que posiblemente sólo pudiera traerle problemas debido a cómo se le había encontrado. Por ello, metió las cosas al coche, dejó la bicicleta a su vecino, y Nombre se fue para iniciar una nueva vida.










































d)

Al abrir el baúl, Nombre encontró una especie de pergamino. Al desenrollarlo, Nombre pudo observar que se trataba de una partitura, que transcurría a lo largo del pergamino. De un salto, Nombre se incorporó y sin tiempo que perder cogió el librillo y su viejo trombón, salió del desván y fue hacia una poyata de la ventana del exterior para dejar allí el libro y poder tocar las notas con su viejo instrumento. Nombre estaba ansioso por descubrir como sonaría la partitura. Al principio, la melodía era muy sencilla, ni muy triste ni muy alegre, pero rápidamente se tornaba mas técnica y las notas eran muy pegadizas.

Mientras Nombre la iba tocando, pudo observar desde la ventana como su vecino tenía un extraño comportamiento. Tan extraño, que Nombre paró para preguntarle que qué le pasaba. Pero al parar de tocar, instantáneamente, el vecino empezó a comportarse normalmente. Nombre insistió en que le había notado muy extraño, pero su vecino se,  mostró inmutable, como si no se hubiera dado cuenta de lo que hubiera hecho.

Nombre le contó lo que le había sucedido, y que si tenía tiempo, se quedara a escuchar la partitura al completo que había encontrado en el viejo baúl escondido en su desván. El vecino asintió, ya que también tenía curiosidad. Al rato de empezar a tocar, y cuando venía la parte pegadiza, su vecino comenzó a realizar de nuevo cosas extrañas. Empezó a balbucear sonidos extraños y comenzó a hacer espasmos. Nombre de nuevo paró de tocar, y le volvió a preguntar si estaba bien. El vecino, ligeramente molesto, le espetó que estaba perfectamente, que siguiera tocando y que no se preocupara. Nombre siguió tocando y a medida que avanzaba la partitura más pegadiza se hacía la melodía, y peores gestos hacía su vecino, parecía que estaba en trance…

Nombre decidió parar, vuelta a lo mismo… Empezó a pensar que era algo más que una simple partitura… Pero se preguntaba por qué a él no le hacía ningún efecto. Corrió hacia la tienda de ultramarinos del pueblo, que prácticamente siempre estaba abierta, y le explicó la historia de la partitura al tendero, pero sin decirle nada de lo ocurrido a su vecino, para ver como reaccionaba. También, dos señoras que estaban comprando en la tienda, se quedaron a escuchar la partitura.

Al comenzar, nada, pero a medida que avanzaba, más de lo mismo, las personas iban entrando en trance, como poseídos, hablando en un idioma extrañísimo, parecido a alguno tribal, y realizando gestos y espasmos propios de personas en un estado semiinconsciente o bajo efectos de narcóticos. Al parar, vuelta a la normalidad, y nadie sabía lo que había ocurrido, todos decían que la melodía era bonita, sin más.
                                                                                                 
Nombre no tenía ninguna duda, aquellas notas guardaban un secreto. No se dio cuenta de que por ahora no había acabado nunca de tocarla entera, por lo que revisó el pergamino para ver como continuaba, y al final, aparecía una frase.

“Fin de preparativo. El más allá espera.”

Estaba claro, la partitura debía de ser una especie de melodía de brujería, hipnótica para aquellos que la escucharan, pero no así para los que la interpretaran. ¿Quién habría creado semejante partitura? ¿Por qué tenía ese extraño poder?
Nombre, fue a biblioteca del pueblo, y preguntó a la dependienta, gran aficionada a la música y una de las personas mas cultas del pueblo y que Nombre hubiera conocido, sobre si tenía conocimiento de alguna partitura con alguna especie de dote hipnótica. Tras pensarlo un poco, la bibliotecaria fue a rebuscar al almacén de los libros descatalogados, y leyendo uno de ellos, escrito en la época medieval, contaba la historia de los viejos akelarres realizados en la pradera de detrás de la iglesia del pueblo, en los que se tomaban brebajes para hechizar y alejar a los espíritus y bestias malignas que atormentaban a la población de entonces. En un extracto, contaba que un músico ambulante, decía haber participado en uno de los rituales de los que tomaban parte las brujas y brujos del lugar, y había contactado con espíritus que le habían pasado una partitura mágica, con la que podría hipnotizar a toda persona que la escuchara, para que pudiera contactar con el más allá y tener la opción de pasar de una vida terrenal a una vida espiritual, al limbo. Esta partitura fue escrita en un pergamino, que fue guardado con celo en un baúl construido por el mejor artesano del lugar.

Con el tiempo, la inquisición fue ganando terreno a las brujas y chamanes, eliminando a muchos de éstos, y se perdió el rastro de la partitura para siempre, creyendo que fue destruida en una de las innumerables quemas realizadas por la iglesia en aquella época.

Nombre, y ahora la bibliotecaria, sabían que la partitura de la leyenda era la que estaba en aquel baúl. ¿Pero, qué pasaría si aquella partitura se toca al completo? La curiosidad pudo con los dos, y la bibliotecaria aceptó escucharla, con la condición de que si empezaba a sufrir mucho, Nombre parase de interpretarla para que no la sucediera nada malo.

Cogieron el viejo libro y fueron a casa de la Nombre a por el trombón y de allí, decidieron ir a casa de la bibliotecaria a realizar el experimento. Se tomaron un refresco tranquilamente y volvieron a repasar la historia del libro. En él, no se decía absolutamente nada, tan solo era enigmática la nota escrita al final de la partitura. Comenzaron los preparativos, y cuando estaban los dos medianamente relajados, Nombre, hinchó los pulmones, lo comenzó a expulsar y el trombón empezó a emitir la melodía. En cuanto entró al tramo de la melodía pegadiza, la bibliotecaria tuvo sus primeros espasmos y balbuceos… Al seguir tocando Nombre, la situación se volvió mas impredecible, y empezaron  a suceder cosas realmente extrañas. La televisión parecía encenderse ella sola por momentos, y la luz comenzó a parpadear rápidamente, mientras las puertas de la casa retumbaban y los cajones se abrían y cerraban… Nombre estaba aterrorizado, pero seguía tocando, ya que la bibliotecaria no parecía que estuviera fuera de control, relativamente claro. Pero al interpretar la parte que todavía no había comenzado, un fuerte sentimiento de ira y de curiosidad invadió a Nombre, mientras que la bibliotecaria comenzó a convulsionar y a echar espuma por la boca, doblando su cuerpo en unas posturas totalmente inverosímiles, con la espalda arqueada, en una posición totalmente antinatural, mientras se sucedían cada vez mas fuertes los extrañísimos sucesos por la casa. De pronto, comenzó a hacer una especie de brisa y unas voces de ultratumba poblaron la estancia. La partitura iba a terminar…

Pero esto no había hecho más que comenzar… Nombre decidió alimentado por la curiosidad y el sufrimiento de la bibliotecaria seguir tocando, le había cegado la maldita melodía, o quién sabe qué, y la bibliotecaria empezó a emitir gemidos roncos, mientras las babas la caían por su rostro y su cuello. De pronto, la luz se fue para dejar paso a un suceso sobrecogedor. Justo encima del pecho de la bibliotecaria, emergió la figura de una bruja en una hoguera, cantando y emitiendo sonidos, mientras a su alrededor, se podía distinguir la figura de cuatro frailes como si estuvieran rezando e implorando contra la bruja. Nombre, tocaba una y otra vez la misma parte de la partitura, inconsciente, y probablemente influenciado por algún ser de ultratumba, controlando el cerebro. El cuerpo de la bibliotecaria se comenzó a elevar del suelo, y las paredes de la habitación desaparecieron, cuando de pronto, Nombre acabó la partitura, y la bibliotecaria cayó desplomada, con la cara totalmente desfigurada, con el cuerpo empapado en sudor y vómito. Estaba muerta. Nombre, comenzó a reír, la desnudó, y violó su cuerpo muerto mientras los frailes del mas allá rezaban y se oían lloros desconsolados de la bruja quemada en la hoguera.

Al minuto, todo se volvió claro, y de pronto, Nombre, vio el sendero a la otra vida, cogió su trombón, su partitura, y se ahora se dedicará a tocarla una y otra vez en el limbo.

Cuentan las leyendas, que ahora si alguna vez oyes un viejo trombón tocando de fondo una melodía, es Nombre tocando desde el mas allá la partitura sin descanso, dispuesto a jugar con las almas curiosas que menosprecian la historia, como pasó por ejemplo a la incauta bibliotecaria y al ahora maldito Nombre, condenado para toda la eternidad a no dejar de tocar la partitura.


Pablo A.K.

2 comentarios:

  1. Brutalisimo....me encantó la composición de esta historia. Sólo he leído un final y con ese me quedo!!!

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  2. Muy bueno. Yo me quedo con el último final, a pesar de que el segundo, da qué pensar....

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