Se presumía aquel final de verano
como algo idílico. El pastor lugareño había vaticinado que el Otoño, con sus
vientos y su manto marrón y amarillo, retrasaría su llegada hasta no menos que
acabara Octubre, por lo que todavía a finales de Agosto, se podía interpretar
como una pequeña tregua al sol para que siguiera con sus rayos haciendo que los
días fueran mucho mas agradables si cabía.
Nombre, que había pasado todo el
verano trabajando, estaba encantado de la noticia porque era señal de que iba a
poder disfrutar de unas largas y merecidas vacaciones como Dios manda. Claro
que antes debía de resolver algún papeleo sin importancia y la mudanza, ya que
quería dejarlo todo acabado para el día en que se marchara de vacaciones.
Había comprado una nueva casa en
la ciudad, debido a que la carretera del pueblo a la ciudad era bastante
peligrosa sobretodo en invierno, y al tener el trabajo allí, debía de
recorrerla al menos dos veces al día, y doce veces por semana, habiendo tenido ya
varios sustos. Atrás dejaba su antigua casa del pueblo, que según lo que pudo
saber, había pertenecido a un antiguo párroco, después cedida a unas monjas que
estuvieron dando clase a alumnos y a alumnas en el internado del pueblo vecino,
para posteriormente pasar a manos del ayuntamiento local que se la vendió
finalmente a Nombre.
Estaba la casa prácticamente
recogida, pues tan solo quedaba ya el desván, al que Nombre sólo había subido
un par de veces debido a su fobia a las arañas, y en el cual, éstas, campaban a
sus anchas. Tenía allí una vieja bicicleta que iba a dejar a su vecino para que
la arreglara y la pusiera en orden, y un par de cuadros que no había colgado,
pero que quería recuperar para su nuevo hogar, porque precisamente feos no
eran, ni mucho menos, y junto a éstos, un estuche que guardaba su viejo trombón
con el que aprendió a tocar algunas notas. Intentaría no pensar en las arañas,
cogería rápidamente los objetos, bajaría y con cuidado y ya a la luz, primero,
comprobaría que no hubiera arañas y segundo, desempolvaría y metería en cajas
el trombón y los bonitos cuadros.
Al llegar a casa, Nombre ni tan
siquiera se dio una ducha, pues sabía que lo más probable es que el pelo se le
llenara de seda de las telarañas, cogió una linterna y decidido y sin pensarlo
más, se dirigió al desván. Para subir al desván tenía que coger una pequeña
escalera, y primero abrir una puerta, que basculaba hacia el pasillo con
cuidado de que esta no le hiciera perder el equilibrio, aunque ciertamente no
era pesada, bajar un poco por la escalera para librar la puerta y
posteriormente volver a subir.
Quitó la vieja sábana que cubría
la bicicleta, y sonrió al ver de nuevo la preciosa bicicleta, aunque con las
ruedas deshinchadas parecía ciertamente desvencijada, la cogió y la dejó apoyada
al lado de la puerta del desván. Después fue hacia donde estaba el trombón y
los cuadros, quitó las sábanas con las que apartó, no sin menos sensación de
asco o fobia las dos arañas enormes que yacían sobre ellas, y cargó con su
pesado instrumentó y los dos cuadros.
Pero al cogerlo todo, unido a su
peso, las maderas del viejo suelo quebraron, y cayó a una especie de hueco de
alrededor de un metro y medio de profundidad. Desorientado unos segundos por el
golpe y la sorpresa, se apresuró a coger la linterna para ver si se había
lastimado y también para comprobar que no tenía por su cuerpo las dichosas
arañas. Vio que los cuadros estaban afortunadamente bien, y el trombón no había
sufrido daño alguno debido a que el estuche lo había protegido. Pero al girarse,
vio que había un baúl debajo del suelo del desván. Primero pensó que cómo era
posible, pero pudo observar que se había abierto una pequeña rendija por la que
pasaba la luz proveniente del pasillo. Nunca había pensado que detrás de la
pared del pasillo hubiera una especie de hueco, y mucho menos debajo del suelo
del desván…
Sin pensárselo dos veces, y con
una curiosidad enorme, se dispuso a quitar el polvo del viejo baúl. El baúl era
de color marrón, entero de madera excepto sus bisagras, refuerzos y su
cerradura, que era metálica y sobretodo era la que denotaba que el baúl tenía
bastante tiempo, era muy antigua. Afortunadamente, estaba la llave puesta, y
con mucho cuidado, Nombre, se dispuso a girarla… Una vuelta, dos vueltas y
bingo, la tapa del baúl cedió unos milímetros hacia arriba, señal de que ya
podía levantar para ver lo que había dentro.
¿Qué es lo que encontró Nombre
dentro del baúl?
a)
Nombre y la maldición.
b)
Nombre y las ratas.
c)
Nombre y el fin
de la historia.
d) Nombre y la partitura.
a)
Al abrir el baúl, Nombre,
encontró en su interior dos viejas y desvencijadas prendas. Una pertenecía a un
niño pequeño, y estaba compuesta por un pantalón, una camisa raída y una
especia de gorra de la época. A su lado, había un vestido de color rosa palo,
muy maltratado por el tiempo, que parecía haber pertenecido a una niña de corta
edad también. Debajo de ellos, había una foto en blanco y negro, realmente
antigua. A Nombre, tras observarla un poco, no le cupo la menor duda de que esa
foto era la de los dos niños, ya que llevaban exactamente la misma ropa que
había en el baúl. Por detrás de la foto, un mensaje enigmático.
“Descansando en el arca, el primero que perturbe nuestras almas, cien
años sin calma.”.
Al leerlo, Nombre lo cerró
instantáneamente, saliendo de allí en seguida para bajar las cosas cuanto
antes, y a la vez preocupado por el mensaje de detrás de la foto. ¿Habría sido
él el primero en abrir el baúl desde que lo cerraron? ¿Realmente pasaría algo?
¿O tal vez no se cumpliría la especie de maldición?
En el pensamiento de Nombre
quedaron volando esas preguntas. Metió en el coche el trombón y los cuadros,
dejó la bicicleta al vecino y cerró la puerta de la casa con un amargo regusto,
no con la sensación encontrada de tristeza y a la vez satisfacción por dejar
atrás una etapa de su vida y abrírsele una nueva.
En su pensamiento esas preguntas…
No se le iban de la cabeza en ningún momento, seguían ahí, ancladas, impunes al
paso del tiempo y al transcurrir de los días. Ni tan siquiera el ir bien en el
trabajo le había conseguido distraer de aquella maldita frase. De hecho, cuando
dormía, lo hacía profundamente, pero cada vez con más frecuencia tenía una
ensoñación, la misma ensoñación. En ella, aparecían la niña y el niño
correteando por una especie de jardín que tenía la casa, que se veía al fondo.
Todo el sueño era en color sepia. Al principio reían los dos, cuando de
repente, se quedaban mirando fijamente a Nombre, que no podía apartar la mirada
de ellos, para ponerse a llorar desconsoladamente, con sufrimiento, mientras se
acercaban lentamente a Nombre, y cuando le tocaban, quedaban allí mismo las
prendas y desaparecían los cuerpos, pero no los llantos de los niños, y
despertaba horrorizado ante tal repugnante sueño.
Semana tras semana, día tras día,
siempre lo mismo. Nombre había enloquecido en sus propios pensamientos,
obsesionado preguntándose siempre las mismas preguntas, sin hallar respuesta.
Pero la respuesta, ya la tenía. Se había cumplido. Aquellas preguntas que se
hacía eran a la vez su respuesta. Nombre había enloquecido sin darse cuenta,
para siempre, para el resto de su vida. Aquel fatídico momento en el que Nombre
cayó al agujero, la decisión de abrir el baúl, y la curiosidad por haber leído
las fotos, causaron en Nombre el tormento perpetuo de sus pensamientos, sin que
él, nada pueda hacer por dar respuesta ante tan obvias, ahora sí, preguntas.
b)
Al abrir el baúl, Nombre encontró
en su interior un viejo libro. Tenía las pastas gruesas, cubiertas con un fino
cuero que cuarteado, seguía aguantando el paso del tiempo forrando y
engalanando a su vez el libro. Las hojas, tenían un color como el tabaco, y
denotaban que el libro lo habían escrito hace mucho tiempo. ¿Cuántos años podía
tener? ¿Quién lo habría escrito? La curiosidad y emoción no hicieron dudar a
Nombre. Se apresuró en abrirlo, y en la primera página, encontró una especie de
dedicatoria escrita a mano que rezaba:
“Rogad a Dios por las ratas, pues la sabiduría y justicia de la muerte
adora sus colmillos.”
¿Cómo alguien en su sano juicio
podía haber escrito semejante frase? Fue lo primero que se le pasó a Nombre por
la cabeza.
El libro estaba todo escrito a
mano, con una caligrafía cuidada, pero notablemente típica de la época, de
trazo fino e inclinado, como cursiva, y de un color azul marino casi negro. De
verlo abierto, si no fuera por la ausencia de fechas, parecería incluso un
diario, pero claro, quizá este libro se escribió antes de la invención de la
imprenta, aunque fuera poco probable.
Nombre estaba notablemente
confuso al principio, no era capaz de encontrar un guión o un hilo argumental a
la historia, no era capaz de dar con algo que le hiciera confirmar la
misteriosa dedicatoria a la entrada del libro. Las ratas… ¿Por qué las ratas y
no los perros?
Nombre lo entendió al seguir
leyendo. Lo que estaba leyendo estaba dejándolo anonadado, estaba alucinando,
introduciéndose en un nuevo mundo, que empequeñecía el actual.
El libro, venía a decir que los humanos éramos hermanos
de las ratas. Esto era así hace muchísimo tiempo. Explicaba que los humanos y
las ratas llegaron a la primera ciudad del mundo a la vez, y que en vez de
echarse unos a otros, decidieron compartir la ciudad en paz y armonía. Las
ratas por aquel entonces eran limpias, y cuidaban de no molestar a los humanos,
a la par que estos las facilitarían comida a cambio de que las ratas hicieran
galerías para poder almacenar víveres ante futuras invasiones de humanos
rivales.
Pero a los humanos, les empezó a
molestar más la presencia de éstas por las calles, y cada vez las exigían mas
horas de trabajo por la misma dosis de comida, aun sabiendo que la población
crecía y las necesidades aumentaban. Al final, sólo las dejaban salir por las
noches a la superficie, y las que salían, empezaron a desaparecer
misteriosamente. Las ratas, listas ellas y menospreciadas por los humanos,
hicieron en secreto una asamblea en la que decidieron investigar por su cuenta
las desapariciones de miembros de su colonia, y decidieron buscar una excusa
para dejar de hacer nuevas galerías.
Enviaron a las dos ratas mas
sabias a espiar a los humanos, y descubrieron con horror como los humanos
habían utilizado las pieles de las ratas para curtirlas y hacer calzado. ¡La
crueldad hecha zapato!
Las ratas, cuando volvieron, contaron
rápidamente a la colonia los descubrimientos, y decidieron tomar la justicia
por su cuenta. Ellas se dieron cuenta del poder de sus colmillos, y decidieron
que en ellos transportarían la peste negra, una enfermedad letal que pudre a
los humanos. También decidieron descuidar su aspecto, para causar mas
miedo y asco a los humanos, ya que de
otra forma no las tomarían en serio, y decidieron multiplicarse en mayor
número, aun a riesgo de de padecer hambrunas. Pero para ello, también
decidieron buscarse el pan por su cuenta, y accederían a las despensas de las
personas para mordisquear todo aquello que sus poderosos dientes.
Las galerías las derrumbaron, y
decidieron acceder por nuevas hasta las mismas casas, para poder atacar mejor a
los humanos. Y así, prácticamente estuvieron dominando ciudades y campos para
sorpresa de los humanos, que estaban siendo diezmados por las enfermedades
transmitidas por estas, y debilitándose debido a que ahora las ratas se habían
vuelto insaciables y destructivas, debido a la traición del pacto.
La muerte, siempre tuvo aprecio
por las ratas, puesto que impartieron la justicia necesaria ante la codicia
humana. Por eso, Nombre por fin entendió la especia de dedicatoria en la
primera página del libro. Por eso, comprendió que este libro, lo habían escrito
las ratas, para dejar constancia de que los humanos son aquellos que incumplen
siempre los tratos por su ambición.
Los humanos tardaron en
recuperarse muchísimo tiempo, y como recuerdo de esta historia, queda el otro
pacto de los humanos con los gatos, esos animales que cuentan las malas lenguas
son capaces de relacionarse con el mas allá, y son los mas feroces y eficaces
defensores de las ratas para los humanos, y la mutación de las ratas para
compartir gran parte del genoma humano pero diferenciarlo en lo mínimo posible
para poder transportar enfermedades sin que causaran daño al animal.
Nombre, al terminar el libro, fue
devorado por las ratas, para que nunca nadie pudiera saber la verdadera
historia de por qué, en realidad, casi somos como hermanos de las ratas, de las
sabias ratas.
c)
Al abrir el baúl, Nombre no
encontró absolutamente otra cosa que no fuera suciedad. Sin más dilación, Nombre
cerró el baúl, se rehizo del susto, cogió sus cosas, y con celeridad, las bajó
de la casa, temiendo nuevos contratiempos. No cogió el baúl porque era bastante
supersticioso, y Nombre creyó que posiblemente sólo pudiera traerle problemas
debido a cómo se le había encontrado. Por ello, metió las cosas al coche, dejó
la bicicleta a su vecino, y Nombre se fue para iniciar una nueva vida.
d)
Al abrir el baúl, Nombre encontró
una especie de pergamino. Al desenrollarlo, Nombre pudo observar que se trataba
de una partitura, que transcurría a lo largo del pergamino. De un salto, Nombre
se incorporó y sin tiempo que perder cogió el librillo y su viejo trombón,
salió del desván y fue hacia una poyata de la ventana del exterior para dejar
allí el libro y poder tocar las notas con su viejo instrumento. Nombre estaba
ansioso por descubrir como sonaría la partitura. Al principio, la melodía era
muy sencilla, ni muy triste ni muy alegre, pero rápidamente se tornaba mas
técnica y las notas eran muy pegadizas.
Mientras Nombre la iba tocando,
pudo observar desde la ventana como su vecino tenía un extraño comportamiento.
Tan extraño, que Nombre paró para preguntarle que qué le pasaba. Pero al parar
de tocar, instantáneamente, el vecino empezó a comportarse normalmente. Nombre
insistió en que le había notado muy extraño, pero su vecino se, mostró inmutable, como si no se hubiera dado
cuenta de lo que hubiera hecho.
Nombre le contó lo que le había
sucedido, y que si tenía tiempo, se quedara a escuchar la partitura al completo
que había encontrado en el viejo baúl escondido en su desván. El vecino
asintió, ya que también tenía curiosidad. Al rato de empezar a tocar, y cuando
venía la parte pegadiza, su vecino comenzó a realizar de nuevo cosas extrañas.
Empezó a balbucear sonidos extraños y comenzó a hacer espasmos. Nombre de nuevo
paró de tocar, y le volvió a preguntar si estaba bien. El vecino, ligeramente
molesto, le espetó que estaba perfectamente, que siguiera tocando y que no se
preocupara. Nombre siguió tocando y a medida que avanzaba la partitura más
pegadiza se hacía la melodía, y peores gestos hacía su vecino, parecía que
estaba en trance…
Nombre decidió parar, vuelta a lo
mismo… Empezó a pensar que era algo más que una simple partitura… Pero se
preguntaba por qué a él no le hacía ningún efecto. Corrió hacia la tienda de
ultramarinos del pueblo, que prácticamente siempre estaba abierta, y le explicó
la historia de la partitura al tendero, pero sin decirle nada de lo ocurrido a
su vecino, para ver como reaccionaba. También, dos señoras que estaban
comprando en la tienda, se quedaron a escuchar la partitura.
Al comenzar, nada, pero a medida
que avanzaba, más de lo mismo, las personas iban entrando en trance, como
poseídos, hablando en un idioma extrañísimo, parecido a alguno tribal, y realizando
gestos y espasmos propios de personas en un estado semiinconsciente o bajo
efectos de narcóticos. Al parar, vuelta a la normalidad, y nadie sabía lo que
había ocurrido, todos decían que la melodía era bonita, sin más.
Nombre no tenía ninguna duda, aquellas notas guardaban un
secreto. No se dio cuenta de que por ahora no había acabado nunca de tocarla
entera, por lo que revisó el pergamino para ver como continuaba, y al final,
aparecía una frase.
“Fin de preparativo. El más allá espera.”
Estaba claro, la partitura debía de ser una especie de melodía de
brujería, hipnótica para aquellos que la escucharan, pero no así para los que
la interpretaran. ¿Quién habría creado semejante partitura? ¿Por qué tenía ese
extraño poder?
Nombre, fue a biblioteca del
pueblo, y preguntó a la dependienta, gran aficionada a la música y una de las
personas mas cultas del pueblo y que Nombre hubiera conocido, sobre si tenía
conocimiento de alguna partitura con alguna especie de dote hipnótica. Tras pensarlo
un poco, la bibliotecaria fue a rebuscar al almacén de los libros
descatalogados, y leyendo uno de ellos, escrito en la época medieval, contaba
la historia de los viejos akelarres realizados en la pradera de detrás de la
iglesia del pueblo, en los que se tomaban brebajes para hechizar y alejar a los
espíritus y bestias malignas que atormentaban a la población de entonces. En un
extracto, contaba que un músico ambulante, decía haber participado en uno de
los rituales de los que tomaban parte las brujas y brujos del lugar, y había
contactado con espíritus que le habían pasado una partitura mágica, con la que
podría hipnotizar a toda persona que la escuchara, para que pudiera contactar
con el más allá y tener la opción de pasar de una vida terrenal a una vida
espiritual, al limbo. Esta partitura fue escrita en un pergamino, que fue
guardado con celo en un baúl construido por el mejor artesano del lugar.
Con el tiempo, la inquisición fue
ganando terreno a las brujas y chamanes, eliminando a muchos de éstos, y se
perdió el rastro de la partitura para siempre, creyendo que fue destruida en
una de las innumerables quemas realizadas por la iglesia en aquella época.
Nombre, y ahora la bibliotecaria,
sabían que la partitura de la leyenda era la que estaba en aquel baúl. ¿Pero,
qué pasaría si aquella partitura se toca al completo? La curiosidad pudo con
los dos, y la bibliotecaria aceptó escucharla, con la condición de que si
empezaba a sufrir mucho, Nombre parase de interpretarla para que no la
sucediera nada malo.
Cogieron el viejo libro y fueron
a casa de la Nombre a por el trombón y de allí, decidieron ir a casa de la
bibliotecaria a realizar el experimento. Se tomaron un refresco tranquilamente
y volvieron a repasar la historia del libro. En él, no se decía absolutamente
nada, tan solo era enigmática la nota escrita al final de la partitura.
Comenzaron los preparativos, y cuando estaban los dos medianamente relajados,
Nombre, hinchó los pulmones, lo comenzó a expulsar y el trombón empezó a emitir
la melodía. En cuanto entró al tramo de la melodía pegadiza, la bibliotecaria
tuvo sus primeros espasmos y balbuceos… Al seguir tocando Nombre, la situación
se volvió mas impredecible, y empezaron
a suceder cosas realmente extrañas. La televisión parecía encenderse
ella sola por momentos, y la luz comenzó a parpadear rápidamente, mientras las
puertas de la casa retumbaban y los cajones se abrían y cerraban… Nombre estaba
aterrorizado, pero seguía tocando, ya que la bibliotecaria no parecía que
estuviera fuera de control, relativamente claro. Pero al interpretar la parte
que todavía no había comenzado, un fuerte sentimiento de ira y de curiosidad
invadió a Nombre, mientras que la bibliotecaria comenzó a convulsionar y a
echar espuma por la boca, doblando su cuerpo en unas posturas totalmente
inverosímiles, con la espalda arqueada, en una posición totalmente antinatural,
mientras se sucedían cada vez mas fuertes los extrañísimos sucesos por la casa.
De pronto, comenzó a hacer una especie de brisa y unas voces de ultratumba
poblaron la estancia. La partitura iba a terminar…
Pero esto no había hecho más que
comenzar… Nombre decidió alimentado por la curiosidad y el sufrimiento de la
bibliotecaria seguir tocando, le había cegado la maldita melodía, o quién sabe
qué, y la bibliotecaria empezó a emitir gemidos roncos, mientras las babas la
caían por su rostro y su cuello. De pronto, la luz se fue para dejar paso a un
suceso sobrecogedor. Justo encima del pecho de la bibliotecaria, emergió la
figura de una bruja en una hoguera, cantando y emitiendo sonidos, mientras a su
alrededor, se podía distinguir la figura de cuatro frailes como si estuvieran
rezando e implorando contra la bruja. Nombre, tocaba una y otra vez la misma
parte de la partitura, inconsciente, y probablemente influenciado por algún ser
de ultratumba, controlando el cerebro. El cuerpo de la bibliotecaria se comenzó
a elevar del suelo, y las paredes de la habitación desaparecieron, cuando de
pronto, Nombre acabó la partitura, y la bibliotecaria cayó desplomada, con la
cara totalmente desfigurada, con el cuerpo empapado en sudor y vómito. Estaba
muerta. Nombre, comenzó a reír, la desnudó, y violó su cuerpo muerto mientras
los frailes del mas allá rezaban y se oían lloros desconsolados de la bruja
quemada en la hoguera.
Al minuto, todo se volvió claro,
y de pronto, Nombre, vio el sendero a la otra vida, cogió su trombón, su
partitura, y se ahora se dedicará a tocarla una y otra vez en el limbo.
Cuentan las leyendas, que ahora
si alguna vez oyes un viejo trombón tocando de fondo una melodía, es Nombre
tocando desde el mas allá la partitura sin descanso, dispuesto a jugar con las
almas curiosas que menosprecian la historia, como pasó por ejemplo a la incauta
bibliotecaria y al ahora maldito Nombre, condenado para toda la eternidad a no
dejar de tocar la partitura.
Pablo A.K.




Brutalisimo....me encantó la composición de esta historia. Sólo he leído un final y con ese me quedo!!!
ResponderEliminarMuy bueno. Yo me quedo con el último final, a pesar de que el segundo, da qué pensar....
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