miércoles, 12 de marzo de 2014

La (sin)razón impuesta.

Hace como mil seiscientos años, mas o menos, había una aldea en la que nunca ocurrían cosas fantásticas, ni se creían absolutamente nada que no tuviera que ver con la razón. Es decir, jamás habían tenido una religión como generalmente las conocemos actualmente, jamás habían adorado a ningún astro, como puede ser el sol, y miraban al cielo simplemente como quien mira para saber qué tiempo hace o va a hacer. Evidentemente, tampoco celebraban ningún culto a la muerte, mas allá de de tener una lógica tristeza que pudiera producir el perder un ser querido o un animal o similar. Pero nunca se preguntaron el por qué de la vida, o qué había detrás de la muerte. Evolucionaban sin tener en cuenta ese prisma de la vida, sin tener que mirar por el lado espiritual, ni ganas que tenían. 

Respetaban a la naturaleza por supuesto, pero los animales jamás habían gozado de un lado místico, ni las constelaciones de las estrellas formaban leyendas de historias y batallas de la antigüedad. Tenían su historia, tenían su cultura, pero tampoco tenían unas costumbres fijas en el sentido en que las conocemos. 

Era, evidentemente, una aldea peculiar, ya que carecían de esa tan arraigada espiritualidad que siempre ha acompañado al ser humano. Por supuesto que se preguntaban cosas, pero cosas como por qué sale el sol, por qué los ríos siempre tienen la misma dirección, por qué sopla el viento, por qué llueve, etc. Observaban a los animales, e intentaban aplicar sus conocimientos a su beneficio, dentro de un respeto por ellos, no espiritual, como ya os estoy explicando, si no como una relación mutua, de beneficio propio. Los animales también cazaban para sobrevivir, ¿por qué no lo iban a hacer ellos?
Todos estos avances los apuntaban en una especie de libro, para que las generaciones venideras pudieran seguir estudiando y tuvieran una base si querían para seguir avanzando en los de momento, precarios descubrimientos. 

Pero evidentemente, esta aldea, era única en el mundo, y pronto trató de ser conquistada por el nuevo pensamiento de los llamados modernos, justos y no pecadores. Se presentaron en la aldea con aires de arrogancia, diciendo que eran enviados por un tal Dios, creador de todo lo que ven a su alrededor. Ellos, aunque educados, respondieron con sorna, porque eran absolutamente incrédulos ante tales palabras. Ellos dieron explicaciones a determinados fenómenos, mas o menos acertadas lógicamente, teniendo en cuenta el contexto de desarrollo tecnológico en el que se encontraban en aquella época. Lógicamente, los de la moral superior, los de la ética y la (sin)razón, se alarmaron terriblemente, y de su boca salían palabras que ellos jamás habían oído o escuchado, como eran pecadores y pecadoras, infierno, diablo...

Al final del día, los desconocidos se fueron por donde habían venido, cuchicheando entre ellos, sobre esto o aquello, echando miradas a aquellos habitantes de esa noble aldea. 

Al día siguiente, los aldeanos decidieron hacer una reunión tras realizar las labores que tenían que hacer, y la mujer mas anciana del pueblo, que era la voz viva de la experiencia, dijo que no le había gustado nada las palabras de la gente que había venido en teoría a visitarles, y que ella pensaba que seguramente volverían de nuevo pero con otras intenciones, nada buenas eso sí, o por lo menos, peores que las de la primera vez. Los demás, iniciaron una especie de debate a partir de esa afirmación, y razonando de forma tranquila, llegaron a la conclusión y convencimiento de que la sabia anciana llevaba razón, por lo que la próxima vez que vinieran les invitarían a marcharse y a respetar por lo menos los terrenos de la aldea. 

Así fue, como a la semana siguiente, cuando vinieron los mismos hombres acompañados de varios mas vestidos con unas ropas muy raras, a los que rendían culto y homenaje constantemente. Los aldeanos, entendieron que también serían los sabios del pueblo, o alguien diferente a estos últimos, ya que vestían unas ropas notablemente mejores. No obstante, les comunicaron a todos la decisión tomada por ellos, y no les gustó absolutamente nada, es más, se lo tomaron como una ofensa hacia su pueblo, como una declaración de una cosa que llamaban guerra. Tan sólo respondieron, que serían sometidos por gracia divina, algo que no entendieron. 

Así, los aldeanos, fueron de nuevo a consultar a los más ancianos, para saber el significado de aquellas preguntas. Los ancianos decidieron recurrir al gran libro de los avances para saber si habían escrito algo, pero no fue así, asique trataron de hacer memoria. La sabia anciana, al oír de nuevo aquellas palabras de Dios y pecador, recordó unos hechos de cuando ella era pequeña, y dijo lo siguiente.

- Esas palabras y esas afirmaciones, las escuché hace mucho tiempo a mis antepasados. Ellos me dijeron que habían venido unos hombres también en nombre de un tal Dios, y que habían arrasado varias aldeas porque se supone que quien vivía en ellas, no era justo, y era también un "pecador", que no teníamos "alma" y que deberíamos pagar por ello. Pues bien, parece que aquella historia que nunca nos creímos es cierta. Nosotros seguimos aquí porque gran parte de nuestros antepasados habían salido de la anterior aldea para cazar al gran oso y poder alimentarse de él. Al volver a la aldea con dicho oso, se encontraron con los cuerpos cruelmente mutilados de la gente, las casas arrasadas y quemadas y las pequeñas huertas y animales domésticos saqueados. Asique decidieron irse de aquel lugar e ir hasta donde habían capturado al gran oso, ya que sólo dos supervivientes dijeron que habían sido unos hombres que hablaban en nombre de Dios y que por eso habían matado a todos y todas, y que las escenas eran tan horribles que estar allí les causaría miedo de por vida. 
Con el tiempo, nadie creyó a esos supervivientes, y de hecho, fueron expulsados de la aldea, por decir mentiras y acusados de tales terribles hechos. Dentro de poco, sabremos si fuimos injustos con ellos, pero me temo que sí, ya que nadie se creyó que así sin más hubieran arrasado una aldea y a parte de un pueblo por venir en nombre de un tal Dios simplemente.

Los aldeanos enmudecieron, y presagiaron lo peor. 

Pasaron dos semanas sin novedad alguna, pero los aldeanos no habían olvidado a aquellos hombres, ni las palabras de la sabia anciana, por lo que estaban preocupados. Aquella mañana, cuando el sol estaba en lo mas alto, empezaron a notar algo raro, como un ruido no muy lejos, que se acercaba rápidamente, cuando de pronto, aparecieron multitud de hombres con espadas y hierros por el cuerpo, que montaban a caballo y portaban grandes cruces. La sabia anciana salió a su paso, y detuvo la comitiva.

- ¿Qué queréis de nosotros? Os invitamos a que os fueráis y nos respetaráis, como nosotros hicimos con vosotros -comenzó hablando la sabia anciana.

- Venimos enviados por Dios, para condenar a los paganos que no creen como vosotros, para erradicar todo aquello contrario al Señor, para liberar vuestras almas y que él pueda juzgarlas.-dijo el hombre que portaba una cruz y encabezaba al ejército.

- Pero, ¿quién es ese tal Dios? ¿A qué os referís con nuestras almas?

- ¡Cómo osas decir eso vieja! Está claro que vosotros sois unos seres despreciables, herederos de Caín  y estáis cautivados por el Diablo. ¡¡¡MORID!!!-gritó totalmente enfurecido el hombre.



Una flecha atravesó a la anciana de lado a lado. Sólo fue el principio...



La aldea quedó totalmente arrasada por los hombres, ningún aldeano opuso alguna resistencia, ya que estaban todos en estado de shock. Y así, en nombre de Dios, y en nombre de su (sin)razón, desapareció hasta nuestros días la última de las nobles aldeas que perdieron su espíritu para ganar en humanidad, aquellas que no creían en el paraíso, pues sabían de sobra, que sin creer en nada, eran afortunadas de vivir en él.



Pablo A.K.

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