Llevaba unos días hecho polvo, no levantaba cabeza. Tres días antes había estado hablando ya con él sobre mi problema. Me sentía desplazado de este mundo, fuera de sitio. Sentía mi vida y las cosas que me ocurrían como algo pesado y ridículo. La verdad que al despedirnos, pasé vergüenza por todo lo que le conté. Me sentía débil, pero, ahí estaba, esperándole para volverle a ver. Una hora antes me había llamado por teléfono para quedar e ir a dar un paseo. Acepté, claro.
Venía por el parque de al lado de la estación de trenes. Tan vivo, con su apariencia descuidada y ese andar tan peculiar que tenía, arrastrando los pies y a la vez como dando saltitos. Y antes de acercarnos sacó esa sonrisa que te hacía sentir dichoso y bien aunque no quisieras.
-¿Listo para dar un paseo?-. Me dijo después de darnos un gran abrazo. Yo asentí con la cabeza.
-¿Qué, ya estás mejor?.
-Pues bueno. Mejor si, pero aún sigo un poco turbio -. Le contesté sonriendo.
-Vamos, debo enseñarte algo.
Caminamos un rato en dirección a la plaza central de la ciudad, por la calle peatonal principal. Sin decirnos nada, tranquilos. El tenía una propiedad dentro, que solo la sentías si no le dabas vueltas. Aunque no hablase solo con pasear a su lado ya te hacía sentir a gusto y confortado. Es una de esas personas que te hace compañía, aunque hable lo mismo que puede hablar el armario de tu habitación.
De pronto se paró en medio de la calle, estiro su brazo como cortándome el paso y dijo; -Vamos a ese banco de ahí, estará bien-. Y sin decirle nada, le seguí.
Nos sentamos y sacó unos cigarrillos. -¿Te has fijado?. ¿Cuánta gente eh?-. Me preguntó mientras echaba el humo y me pasaba el mechero.
Prendí el cigarro y me quedé observando la calle, abarrotada de gente que iba, que venía. Había tanto transeúnte ese día que era difícil centrarse en la cara de nadie. -Si, incluso se puede decir que hay fiesta o algo, es raro ver tanta gente en esta cloaca de ciudad eh-. Le dije mientras seguía mirando la gente pasar.
-¿Si eh?- Contestó medio riéndose, mi comentario le hizo gracia. -Pero, fíjate bien- Continuó -¿Cuánta gente eh?. Pues piensa que cada persona que ves en este apelmazamiento de cabezas, es un mundo. Cada mundo tiene una historia, rodeada de mil personas diferentes, y cosas, y hechos, y acontecimientos. Ahora mismo puedes estar enfrente de auténticos artistas, de esos que te hacen sentir tus adentros. Puedes estar viendo gente sin darte cuenta que en estos momentos camina por los infiernos. Aguantando tal peso a la espalda, que si te lo contase te parecería hasta irreal. Y todo lo contrario. Seguramente habrá gente que esté en una etapa repleta de felicidad. O enamorados. A los enamorados a veces se les nota hasta en la cara-. Sonrió y miro a la gente estirando un brazo, como ofreciendo algo. -Piensa, por un momento, lo insignificantes que somos, insignificantes pero grandiosos. Piensa, que es imposible asimilar tal cantidad de acontecimientos. Pero sobretodo, piensa, que cualquiera de esos puedes ser tú, que por estar sufriendo no eres el primero, que antes de que sonrieses ya lo había hecho alguien. Piensa en toda esta gente cuando tu vida te pesa. Pues cada uno hace lo suyo, y tú debes hacer lo mismo. Pensar que puedes ser una cara mas de estas que se mezclan aquí, escondiendo ese mundo tan grandioso que llevan dentro-. Dio una gran calada y prosiguió. -Mírales. Con sus vidas. Inconscientes, caminando sin pensar en el poder que tienen en las manos, dentro de sí. Si muchos sabrían que son capaces de sentir, te aseguro que se plantearían cambiar esa vida que tienen. ¿Y tu sintiéndote mal porque te abordan las dudas?. ¡Vive!- Gritó de repente, mirándome con los ojos como platos y una gran sonrisa -¡Disfruta! Al menos dudas y no aceptas caminar dejando pasar todo lo que se te ofrece. Al menos vives y te preocupas por entender lo que sientes-. Apoyó su espalda en el banco y lanzó la colilla a los pies de la muchedumbre.
Yo me quedé desconcertado. Pero de una manera agradable. A la vez que dudaba por que coño me había dicho tanta historia sentía un gran alivio por dentro. Me recordó a la película de Amelie, ese momento en el que la chica se pregunta cuanta gente estará teniendo un orgasmo en la ciudad. Y de repente. Me dio unas palmadas en el muslo y se incorporo diciéndome. -Aprecia que piensas. Aprecia que sientes. Hay algunos que ni siquiera eso se pueden permitir, y otros tantos que ni lo pretenden- Sonrió de nuevo. -Ya nos veremos pronto. Que todo siga bien.
Y se fue. Dejándome solo y apalancado en ese banco. Entre todo ese gentío. Pensando y preguntándome. Razonando. Queriendo seguir mi camino. Se llevó consigo ese peso que sentía sobre mí por ser como soy. Pero no, no se llevó nada. Simplemente, me enseñó a apreciarme.
Venía por el parque de al lado de la estación de trenes. Tan vivo, con su apariencia descuidada y ese andar tan peculiar que tenía, arrastrando los pies y a la vez como dando saltitos. Y antes de acercarnos sacó esa sonrisa que te hacía sentir dichoso y bien aunque no quisieras.
-¿Listo para dar un paseo?-. Me dijo después de darnos un gran abrazo. Yo asentí con la cabeza.
-¿Qué, ya estás mejor?.
-Pues bueno. Mejor si, pero aún sigo un poco turbio -. Le contesté sonriendo.
-Vamos, debo enseñarte algo.
Caminamos un rato en dirección a la plaza central de la ciudad, por la calle peatonal principal. Sin decirnos nada, tranquilos. El tenía una propiedad dentro, que solo la sentías si no le dabas vueltas. Aunque no hablase solo con pasear a su lado ya te hacía sentir a gusto y confortado. Es una de esas personas que te hace compañía, aunque hable lo mismo que puede hablar el armario de tu habitación.
De pronto se paró en medio de la calle, estiro su brazo como cortándome el paso y dijo; -Vamos a ese banco de ahí, estará bien-. Y sin decirle nada, le seguí.
Nos sentamos y sacó unos cigarrillos. -¿Te has fijado?. ¿Cuánta gente eh?-. Me preguntó mientras echaba el humo y me pasaba el mechero.
Prendí el cigarro y me quedé observando la calle, abarrotada de gente que iba, que venía. Había tanto transeúnte ese día que era difícil centrarse en la cara de nadie. -Si, incluso se puede decir que hay fiesta o algo, es raro ver tanta gente en esta cloaca de ciudad eh-. Le dije mientras seguía mirando la gente pasar.
-¿Si eh?- Contestó medio riéndose, mi comentario le hizo gracia. -Pero, fíjate bien- Continuó -¿Cuánta gente eh?. Pues piensa que cada persona que ves en este apelmazamiento de cabezas, es un mundo. Cada mundo tiene una historia, rodeada de mil personas diferentes, y cosas, y hechos, y acontecimientos. Ahora mismo puedes estar enfrente de auténticos artistas, de esos que te hacen sentir tus adentros. Puedes estar viendo gente sin darte cuenta que en estos momentos camina por los infiernos. Aguantando tal peso a la espalda, que si te lo contase te parecería hasta irreal. Y todo lo contrario. Seguramente habrá gente que esté en una etapa repleta de felicidad. O enamorados. A los enamorados a veces se les nota hasta en la cara-. Sonrió y miro a la gente estirando un brazo, como ofreciendo algo. -Piensa, por un momento, lo insignificantes que somos, insignificantes pero grandiosos. Piensa, que es imposible asimilar tal cantidad de acontecimientos. Pero sobretodo, piensa, que cualquiera de esos puedes ser tú, que por estar sufriendo no eres el primero, que antes de que sonrieses ya lo había hecho alguien. Piensa en toda esta gente cuando tu vida te pesa. Pues cada uno hace lo suyo, y tú debes hacer lo mismo. Pensar que puedes ser una cara mas de estas que se mezclan aquí, escondiendo ese mundo tan grandioso que llevan dentro-. Dio una gran calada y prosiguió. -Mírales. Con sus vidas. Inconscientes, caminando sin pensar en el poder que tienen en las manos, dentro de sí. Si muchos sabrían que son capaces de sentir, te aseguro que se plantearían cambiar esa vida que tienen. ¿Y tu sintiéndote mal porque te abordan las dudas?. ¡Vive!- Gritó de repente, mirándome con los ojos como platos y una gran sonrisa -¡Disfruta! Al menos dudas y no aceptas caminar dejando pasar todo lo que se te ofrece. Al menos vives y te preocupas por entender lo que sientes-. Apoyó su espalda en el banco y lanzó la colilla a los pies de la muchedumbre.
Yo me quedé desconcertado. Pero de una manera agradable. A la vez que dudaba por que coño me había dicho tanta historia sentía un gran alivio por dentro. Me recordó a la película de Amelie, ese momento en el que la chica se pregunta cuanta gente estará teniendo un orgasmo en la ciudad. Y de repente. Me dio unas palmadas en el muslo y se incorporo diciéndome. -Aprecia que piensas. Aprecia que sientes. Hay algunos que ni siquiera eso se pueden permitir, y otros tantos que ni lo pretenden- Sonrió de nuevo. -Ya nos veremos pronto. Que todo siga bien.
Y se fue. Dejándome solo y apalancado en ese banco. Entre todo ese gentío. Pensando y preguntándome. Razonando. Queriendo seguir mi camino. Se llevó consigo ese peso que sentía sobre mí por ser como soy. Pero no, no se llevó nada. Simplemente, me enseñó a apreciarme.
A. AlPa
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