lunes, 27 de enero de 2014

Nanalú

Érase una vez un pueblo que se llamaba Nanalú. En Nanalú había personas como Tú y como Yo. Todos vivían practicamente contentos, cada vez que se preguntaban entre ellos "¿Qué tal?" Siempre respondían que bien. Era un pueblo normal, pero tenía una peculiaridad. Sus habitantes cuando llegaban a cierta edad se transformaban, se ponían una especie de disfraz imaginario, imaginario porque a partir de ahí asumían la vida de otra manera a como lo habían hecho desde niños. Esto era una especie de regla no escrita, pues todo el mundo lo hacía, y si no era así, rápidamente estaban todos lo de su alrededor inculcando como debía de ser. Pero no solo la gente cercana, si no también desconocidos, "Es por tu bien" decían, o "si sigues igual no llegarás a nada".

Llegó el día en que uno de sus habitantes, un joven llamado Gumont, pasó la edad en la que todos se transformaban. Pero Gumont no quería transformarse, así pues. Primero vinieron sus abuelos. -Pero hijo, tienes que hacerlo, si no te adaptas todos los demás te repudiaran-. Le decían preocupados y con un gran pesar, pero Gumont se hacia el indiferente. Les decía que le daba igual lo que los demás le hiciesen.

Después vinieron sus padres. -Gumont, ¡Hijo!. Tienes que pensar que tus días de libertinaje y hacer prácticamente lo que quieras ya se acabaron. Debes adaptarte, crear una familia para así conseguir que Nanalú siga igual-. Y Gumont seguía igual -¡Dejaros de historias de inadaptación pesados!-. Les espetó a sus padres, rabioso.

Más tarde se acercaron sus amigos, los de toda la vida. A los que también les tocaba cambiar. -Gumont. Haz caso a tu familia, tienes a todos sacados de sus casillas. Míranos a nosotros, ya lo hemos hecho y estamos tan bien como siempre-. Sus amigos consiguieron hacerle pensárselo al menos, pero Gumont siguió negándose a cambiar. -Yo quiero tener los mismos sueños de siempre, no quiero cambiarles por lo que marcan-. Decía convencido de sus palabras.

Entonces al final fue el sabio de la aldea a hablar con Gumont. A los que no entraban en razón los atendía este y siempre acababan entrando por el aro.

-Debes hacer lo correcto para que todo siga como siempre. Para que Nanalú siga prosperando y creciendo-. Le dijo el sabio a Gumont con una gran templanza.

-¿Lo correcto?. Lo correcto para vosotros es agachar la cabeza y hacer lo que todos hacen -Empezó a levantar la voz Gumont con un tono de desprecio-. Continuar con esta historia a la que todos estamos expuestos libremente mientras crecemos. Esta historia que en la que obligáis con el cambio a continuarla igual. Da igual que hayamos renegado de ella, que nos hayamos reído o visto sus detalles más atroces, tarde o temprano nos toca agachar la cabeza y continuar con esta miseria que nosotros mismos mantenemos cuando llega el cambio- Gumont hizo una breve pausa y terminó tajantemente diciendo. -Para mí lo correcto es cruzarme de brazos ante vuestras órdenes y vuestro cambio. Para mí lo correcto es demostrar que hay otra forma de hacer las cosas.

Entonces el sabio no dijo nada. Solo se limitó a asentirle. Salió de la habitación de Gumont y se fue a hablar con sus padres. Entre los tres decidieron darle la planta de la sabiduría. Era una planta que se tomaba a modo de infusión. Todos los que la tomaban sufrían un shock y al día siguiente cabían dos posibilidades. O se despertaban habiéndose adaptado, digamos, de una manera vegetal. O se despertaban totalmente desquiciados, idos, con la mirada perdida y casi sin saber hablar.

Esa misma tarde la madre de Gumont hizo la infusión y se la ofreció después de cenar. La infusión le supo genial a Gumont, se despidió de sus padres y sus hermanos y fue a dormir.

A la mañana siguiente, como era lo habitual para quien tomaba esa hierba, Gumont no se despertó a la hora. Su madre fue a su habitación a llamarle. Pero cual fue su sorpresa que a Gumont lo encontró con la mirada perdida y en posición fetal, tirado en el suelo, emitiendo sonidos como si no supiese hablar y temblando.

A sus amigos les dijeron que su cabeza no había podido soportar el querer seguir igual, que por eso se  quedó así. Y en Nanalú, todo siguió igual de bien que siempre.


A.AlPa

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