Érase una vez un pueblo que se
llamaba Nanalú. En Nanalú había personas como Tú y como Yo. Todos vivían
practicamente contentos, cada vez que se preguntaban entre ellos "¿Qué
tal?" Siempre respondían que bien. Era un pueblo normal, pero tenía una
peculiaridad. Sus habitantes cuando llegaban a cierta edad se
transformaban, se ponían una especie de disfraz imaginario, imaginario
porque a partir de ahí asumían la vida de otra manera a como lo habían
hecho desde niños. Esto era una especie de regla no escrita, pues todo
el mundo lo hacía, y si no era así, rápidamente estaban todos lo de su
alrededor inculcando como debía de ser. Pero no solo la gente cercana,
si no también desconocidos, "Es por tu bien" decían, o "si sigues igual
no llegarás a nada".
Llegó
el día en que uno de sus habitantes, un joven llamado Gumont, pasó la
edad en la que todos se transformaban. Pero Gumont no quería
transformarse, así pues. Primero vinieron sus abuelos. -Pero hijo,
tienes que hacerlo, si no te adaptas todos los demás te repudiaran-. Le
decían preocupados y con un gran pesar, pero Gumont se hacia el
indiferente. Les decía que le daba igual lo que los demás le hiciesen.
Después
vinieron sus padres. -Gumont, ¡Hijo!. Tienes que pensar que tus días de
libertinaje y hacer prácticamente lo que quieras ya se acabaron. Debes
adaptarte, crear una familia para así conseguir que Nanalú siga igual-. Y
Gumont seguía igual -¡Dejaros de historias de inadaptación pesados!-.
Les espetó a sus padres, rabioso.
Más
tarde se acercaron sus amigos, los de toda la vida. A los que también
les tocaba cambiar. -Gumont. Haz caso a tu familia, tienes a todos
sacados de sus casillas. Míranos a nosotros, ya lo hemos hecho y estamos
tan bien como siempre-. Sus amigos consiguieron hacerle pensárselo al
menos, pero Gumont siguió negándose a cambiar. -Yo quiero tener los
mismos sueños de siempre, no quiero cambiarles por lo que marcan-. Decía
convencido de sus palabras.
Entonces
al final fue el sabio de la aldea a hablar con Gumont. A los que no
entraban en razón los atendía este y siempre acababan entrando por el
aro.
-Debes
hacer lo correcto para que todo siga como siempre. Para que Nanalú siga
prosperando y creciendo-. Le dijo el sabio a Gumont con una gran
templanza.
-¿Lo
correcto?. Lo correcto para vosotros es agachar la cabeza y hacer lo
que todos hacen -Empezó a levantar la voz Gumont con un tono de desprecio-.
Continuar con esta historia a la que todos estamos expuestos libremente
mientras crecemos. Esta historia que en la que obligáis con el cambio a
continuarla igual. Da igual que hayamos renegado de ella, que nos
hayamos reído o visto sus detalles más atroces, tarde o temprano nos
toca agachar la cabeza y continuar con esta miseria que nosotros mismos
mantenemos cuando llega el cambio- Gumont hizo una breve pausa y terminó
tajantemente diciendo. -Para mí lo correcto es cruzarme de brazos ante
vuestras órdenes y vuestro cambio. Para mí lo correcto es demostrar que
hay otra forma de hacer las cosas.
Entonces
el sabio no dijo nada. Solo se limitó a asentirle. Salió de la
habitación de Gumont y se fue a hablar con sus padres. Entre los tres
decidieron darle la planta de la sabiduría. Era una planta que se tomaba
a modo de infusión. Todos los que la tomaban sufrían un shock y al día
siguiente cabían dos posibilidades. O se despertaban habiéndose
adaptado, digamos, de una manera vegetal. O se despertaban totalmente
desquiciados, idos, con la mirada perdida y casi sin saber hablar.
Esa
misma tarde la madre de Gumont hizo la infusión y se la ofreció después
de cenar. La infusión le supo genial a Gumont, se despidió de sus
padres y sus hermanos y fue a dormir.
A
la mañana siguiente, como era lo habitual para quien tomaba esa hierba,
Gumont no se despertó a la hora. Su madre fue a su habitación a
llamarle. Pero cual fue su sorpresa que a Gumont lo encontró con la
mirada perdida y en posición fetal, tirado en el suelo, emitiendo
sonidos como si no supiese hablar y temblando.
A
sus amigos les dijeron que su cabeza no había podido soportar el querer
seguir igual, que por eso se quedó así. Y en Nanalú, todo siguió igual
de bien que siempre.
A.AlPa
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