1er CAPÍTULO
<<LIBERTAD, RESPETO Y COMPROMISO>> Decía el cartel, ya roído por el tiempo y sus inclemencias. En la madera aun quedaban restos de la pintura. Algún día ese cartel fue rojo, y las letras, negras. Ahora, ya apenas se notaba lo que estaba escrito. Pero aun así, justo encima del cartel, había luz. Una ventana todavía dejaba ver que las escaleras que subían a alguna parte por debajo de ese cartel, aun escondían algún resquicio de actividad. Así pues, sin dudarlo me dirigí hacía allí. Hacia ese edificio pequeño y derruido, en medio de un barrio periférico, ya abandonado practicamente en su totalidad. Y aun así, era la mejor opción en esa noche tan puta de otoño. Llovía y hacia ventisca, era un asco caminar. Se te pegaban continuamente las hojas húmedas de los arboles al cuerpo, y si era en la ropa, ¡ni tan mal!, pero cuando te azotaban la cara era una sensación desagradable como ninguna.
Cruce
la calle y me detuve en la puerta, mirando hacia arriba. Las escaleras
eran tenebrosas, si las seguías con la vista se las acababa comiendo la
oscuridad, y justo al final se veía una linea amarilla, horizontal,
brillante. Respire hondo y me adentre en ese lugar tan inusual y
llamativo. Mientras subía las escaleras crujían como si fuesen a romper.
Llegue a la puerta y no tenia pomo, ni cerradura, ¡nada!. Y justo a la
altura de los ojos se podía leer una palabra que estaba quemada sobre la
madera <<PASE>> Empuje la puerta y...
Allí
no había nadie mas que un hombre en calzoncillos en medio de una sala
vacía. Estaba el, su cigarro, un encendedor y un cenicero. Lo primero
que pensé es de donde coño había sacado el tabaco, pues no había paquete
ninguno por ningún sitio. Había otra puerta, al fondo de la habitación,
pegada a la esquina. Quizá lo guardaría allí.
El hombre era tan
pálido, como el cigarro que le acompañaba, a la perfección, eso sí. Pues
su piel estaba arrugada al igual que el papel que envolvía el tabaco,
ese cigarro que sujetaba entre sus labios, hacían juego la verdad.
Estaba sentado de piernas cruzadas, con los brazos caídos, su rostro
inexpresivo y su larga melena, grisácea, le tapaba buena parte del pecho
y del estomago.
Me miro, con sus ojos hundidos, pero
vivos, y esbozando una leve sonrisa, sin soltar el cigarrillo preguntó
con esa voz rota. -¿Qué hay?-. Al preguntar justo abrió los ojos como si
hubiese visto algo fuera de lugar. Y se quedo mirándome, con esa cara
de inexpresividad. Sus labios dibujaban una leve sonrisa y el humo,
empezaba a ser una extensión de el mismo al rededor de su cara.
-Nada.
Hacía frío. Leí el cartel. Y entre-. Dije pausadamente, descolocado y
con un tono de incomprensión, pues no sabia que hacia allí en el fondo.
-¡Ah!,
bien,- Dijo el hombre mientras volvía la cara hacia adelante mirando a
la nada - ¿Acaso queda alguien?- Soltó al aire levantando las cejas,
como con pesar.
-¿En donde caballero?- Le pregunté con un tono de preocupación.
-
¡Ves!- Grito volviéndose hacia mí con cara de rabia -Caballero.- Soltó
en tono despectivo -Esos modales están enraizados a partir de ideas
jerárquicas, ¡estas tan sucio como todos los que se atreven a entrar
aquí!- Me grito mientras hacia un ángulo de noventa grados con su brazo y
levantaba solo el dedo índice.
-Yo no... - Interrumpí. Pero de poco sirvió pues el continuó.
-A
mi solo me queda aliento para recordaros todas aquellas historias que
me contaban los ancianos-. Dijo mientras se calmaba y volvía a mirar
hacía la nada -los ancianos de la aldea cuando era yo pequeño. Si
quieres escuchar alguna, quedate. Si no, largo de aquí- termino haciendo
un gesto como apuntando hacia la puerta por la que entre. -Te va a
costar salir por esa puerta lo mismo que te costo entrar.
Hubo
un momento de silencio. Los dos nos miramos a los ojos dentro de esa
habitación con solo dos puertas. Una pared amarillenta y medio roída,
una bombilla y el humo. Nos quedamos paralizados. A dos pasos de
distancia se encontraba ese hombre, y cuatro mas allá una ventana. La
ventana que pude ver desde el otro lado de la calle. Mire hacia fuera.
Aun se veía llover con fuerza. Volví a mirarle a los ojos. Y me senté,
sin decir nada. El aspiro fuerte del cigarro y soltó una gran bocanada
de humo. Lo dejo en el cenicero y me pregunto -¿Cómo te llamas?-. Vigo
-respondí sin pensar-.
-Yo no tengo nombre- me dijo mirándome a
los ojos y con una sonrisa llena de picardía. En ese momento pude
observar que los ojos le brillaban. Me quede en silencio, sentado de
frente a el. Y el no borraba esa sonrisa picara de su cara. Hasta que
dijo;
-Vosotros, el problema sois vosotros, -dijo
entrecerrando los ojos y señalándome- que pretendéis hablar sin siquiera
preguntaros primero donde tenéis la boca. Tenéis ese afán de poneros
siempre por encima o por debajo. Para que os preocupéis lo mas mínimo
necesitáis competir o que os valoren de alguna manera. Nunca hacéis las
cosas por el simple hecho de hacerlas, por amor o por crecer
simplemente, por llenaros de experiencias, por aprender -dijo eso con
énfasis, golpeándose el pecho con el puño-. ¡No!, siempre necesitáis
ser. Hace mucho tiempo nos alejamos de la naturaleza para mantener un
equilibrio, -continuó- pues hay instintos que no son adecuados para
vivir y respetarnos sin necesidad de cambios. Pero habéis rebasado la
linea que separaba la civilización de la barbarie, el vaso esta ya mas
que derramado. Ahora sois de nuevo bárbaros, pero antinaturales. Habláis
de un infierno que construís día a día con vuestras propias manos -dijo
poniendo una cara entre asco y duda-. Con vuestros actos. Vais de
cabeza a un pozo que solo servirá para enterraros. Os envenenáis, lo
sabéis, y seguís caminando como si no ocurriese nada. Pues bien. De algo
así va esta historia.
-Un momento.- Le interrumpi
hablandole serenamente. -¿Por qué habla como si usted no fuese como
nosotros.- Me miró a los ojos y se produjo un un largo silencio. Respiro
hondo y puso una cara que me llamaba idiota sin hablar -No hagas
preguntas inutiles. Ahora solo escucha-.
Dio otra gran
calada de su cigarro, y comenzó a contarme. -Había una vez una isla
donde todos los hombres y todas las mujeres pensaban igual. Allí no
había matrimonios, ni parejas ni nada de eso. No había jefes, no había
jerarquías. Siempre que jugaban, jugaban por el simple hecho de
divertirse, nunca competían. Eran unos seres perfectos. En el sentido de
que su único fin era el de ser felices y hacer por seguir siendolo.
Ellos se sentían la tierra o el mar, todos juntos, más cada uno era una
gotita o un grano de arena. Juntos hacían lagos y montañas -El anciano
sonrió, respiro hondo y continuó-. ¡De pronto! Llegó el día en que a la
isla se acerco un gran barco. Para aquellas personas un barco era algo
nuevo, pues jamás habían visto tal cosa. Se quedaron estupefactos
cuando del barco vieron salir otro mas diminuto, y dentro ¡Habían
hombres! -Dijo abriendo mucho los ojos- Los hombres se bajaron de la
barca. Iban con telas brillantes por chaqueta, mallas blancas y unas
botas que casi les llegaban a las rodillas. En sus caras se podía ver
una amplia sonrisa. Y caminaban como saltando, dando grandes pasos....
De
repente el anciano paro de hablar. Y empezó a mirar hacia nada absorto,
agarrándose la barbilla con una mano y los dedos bien estirados -¿No
recuerdas?..- repetía constantemente como diciendoselo a si mismo. Puso
cara de ira y levanto la mano con el puño cerrado gritando, - ¡Me cago
en dios!- y tal como acabo de decirlo bajo el puño golpeando el suelo.
Vibró todo, ¡Hasta la luz parpadeaba!. Yo me quede atónito en ese
momento, no entendía como podía tener tal fuerza ese hombre tan
escuchimizado. El se percato de como estaba y soltó una carcajada -No te
preocupes chico, no pasa nada, es un truco- dijo entre risotadas. Yo le
respondí con una risa floja -¿se acabo, no continua?- le pregunte.
-¡Si!- grito, -ya te he dicho que era un truco. ¡Ya te he dicho que solo
escuches!. .
Dio otra gran calada de su cigarro y
continuó -Bueno los de la isla estaban flipando con lo que andaban
viendo. -Su tono cambio de repente, ahora en vez de contar un cuento parecia que
estaba hablando en una taberna- Como ya te dije los tipos que bajaron
del barco se acercaron a los isleños, sonrientes, tendiendoles la mano. A
los isleños les hizo gracia y fueron todos a la vez acia aquellos
hombres, con el brazo estirado -Soltó una risotada- ¡se asustaron y se
fueron corriendo!. Subieron a la barca como si tuviesen un jabalí en el
culo. ¡Jajajaj! -Se detuvo para respirar, tranquilizarse y dar otra
calada. Prosiguío- Y bueno los isleños empezaron a preguntarse que había
ocurrido. Paso el tiempo. Y más tiempo. Y nada, no sabían que había
ocurrido ahí. Hasta que un día. ¿Sabes que paso?-. Me pregunto con cara
de niño. Yo solo encogí los hombros. -Esos hijos de puta malnacidos
aparecieron de repente -Espeto con cara de entra rabía e ira- y mataron a
todos los habitantes de la isla, proclamando que andaban haciendo
brujería-. Se puso a mirar de nuevo a la nada. Cogio el encendedor y
prendio el cigarro. Su cara se ilumino. Era tenebroso.
El
hombre sin nombre. Ese hombre paliducho y arrugado con sus pelos
grises, su calzoncillo y su cigarro. Ahi estaba, se quedo callado, sin
decir nada. Fumando, como que no estaba.
Paso un rato así hasta que le solte. -¿Ya esta?, ¿Esa es la historia de los ancianos eso de los que hablabas?-.
Se volvio hacia mí y con cara de tonto dijo. -Si claro. Fin.
Yo
debi de poner la misma cara de tonto que puso el, o peor. -¿No crees
que esa historia es hacer leña del arbol caido?-. Le pregunte levantando
un poco la voz.
-No-. Dijo en un tono muy seco. -No es
hacer leña del árbol caído ni polladas de esas que dices tu. Es
simplemente recordar de que toda miseria tiene un principio. -Dijo
poniendo cara de asesino. -Que toda limitacion, toda cadena, esta
enraizada en lo más profundo de nuestro ser desde hace ya mucho tiempo. Y
hay que mantenerlo vivo, recordarlo, al menos de vez en cuando. Si no acabaremos
siendo tan insignificantes como la chaqueta que llevas puesta. Que si
sirve para algo. Pero no es nada-. Se quedo tranquilo el cabrón, mirando
de nuevo a la nada. Pero esta vez con una sonrisa fina en su cara. Y
yo, no sabía donde meterme. Así pues opte por cambiar de tema y sacarle
uno nuevo.
-¿Qué es lo qué hay detrás de esa puerta?-. Pregunte señalando la puerta del fondo con la barbilla.
-Eso otro día te lo cuento-. Dijo ensanchando la fina sonrisa. -Ahora, te puedes ir, ven cuando quieras.
Me levante y antes de salir le di las buenas noches.El no contesto
Al empujar la puerta pude ver que por ese lado estaba escrito con letras quemadas la palabra <<VOLVERÁS>>.
A. AlPa
No hay comentarios:
Publicar un comentario