martes, 11 de marzo de 2014

Prácticamente, nada.


Coloréame con tus ojos,
coloréame con tu mente,
píntame con tus prejuicios y tus miserias,
decórame sin conocerme

Sentados con los pies colgando,
en el puente, observamos;
esa vida vacía e inteligente, autosuficiente;
el transcurso de un río que no respeta a los peces, imparable;
un progreso que grita en silencio, miseria.
 

La miseria se viste de gala,
es un gigante peludo y baboso,
como un perro rabioso que impone,
que despierta el miedo. 


Miedo que también crece,
y se hace grande,
entre la gente,
que se lo permite a la miseria. 


Así qué, coloréame con tus ojos,
mientras nuestros pies cuelgan,
dime que tu también viste a ese gigante
peludo y baboso, que con él te lleva,
que te mancha el alma y con la desidia te entierra,
dime que tu también te dejaste engañar
sin darte cuenta,
por aquellos que al gigante en silencio y a gritos alimentan. 


Y ven y siéntate con nosotros, a colgar tus pies,
mientras el río corre desafiando a los peces,
desgastando su cauce.  
 

Ven, coloréame, pinta y da forma
a lo que rodea el antes y el después,
este instante…  el momento
que antes elegimos y después recordaremos.
Ya.


A. AlPa

lunes, 10 de marzo de 2014

Prosapoética.

Caminaron por el desierto día y noche, sembrando el terreno seco y baldío con semillas de enredadera. Surgieron de debajo de las aguas de los mares porque tenían frío y miedo de lo de allí abajo. Echaron a volar como las hojas de las ramas de los chopos cuando vienen las ventoleras de Septiembre, porque se quejan de su vicio de besos y abrazos de flores de olores dulces. Sabe la Luna que detrás de su cara esconde los secretos, y oculta quien sabe, si algo bueno o algo malo. Lo mismo que saben las abejas las flores que mejor huelen, y de ellas se quedan el polen, para extenderlo por caminos y hacerlos mas bellos. Y pasan los días y las noches esperando a su sirena, como el marinero que no pesca, como el arroyo que se seca. Clavan los frenos cuando aceleran, porque de tanto correr, se olvidan de lo de cerca. Los ecos se solapan y de un grito salen mil quejidos, y de una risa salen carcajadas, como de las aguas de las lluvias por los senderos de las montañas, surgen el ruido de las cascadas. Y brotan manantiales puros de los que un día bebimos las aguas, y nos bañamos en ellas, para convertirnos en cristales, que adornan las vidas ajenas de los que tal vez nunca conocimos. Porque se cayeron los pétalos de las rosas encima de las tumbas, porque todo se acaba, hasta aquel amor, de tiernas miradas.

..."Eskizofrenia lírika"...



Pablo A.K.

Las Cartas



Se presumía aquel final de verano como algo idílico. El pastor lugareño había vaticinado que el Otoño, con sus vientos y su manto marrón y amarillo, retrasaría su llegada hasta no menos que acabara Octubre, por lo que todavía a finales de Agosto, se podía interpretar como una pequeña tregua al sol para que siguiera con sus rayos haciendo que los días fueran mucho mas agradables si cabía.

Nombre, que había pasado todo el verano trabajando, estaba encantado de la noticia porque era señal de que iba a poder disfrutar de unas largas y merecidas vacaciones como Dios manda. Claro que antes debía de resolver algún papeleo sin importancia y la mudanza, ya que quería dejarlo todo acabado para el día en que se marchara de vacaciones.

Había comprado una nueva casa en la ciudad, debido a que la carretera del pueblo a la ciudad era bastante peligrosa sobretodo en invierno, y al tener el trabajo allí, debía de recorrerla al menos dos veces al día, y doce veces por semana, habiendo tenido ya varios sustos. Atrás dejaba su antigua casa del pueblo, que según lo que pudo saber, había pertenecido a un antiguo párroco, después cedida a unas monjas que estuvieron dando clase a alumnos y a alumnas en el internado del pueblo vecino, para posteriormente pasar a manos del ayuntamiento local que se la vendió finalmente a Nombre.

Estaba la casa prácticamente recogida, pues tan solo quedaba ya el desván, al que Nombre sólo había subido un par de veces debido a su fobia a las arañas, y en el cual, éstas, campaban a sus anchas. Tenía allí una vieja bicicleta que iba a dejar a su vecino para que la arreglara y la pusiera en orden, y un par de cuadros que no había colgado, pero que quería recuperar para su nuevo hogar, porque precisamente feos no eran, ni mucho menos, y junto a éstos, un estuche que guardaba su viejo trombón con el que aprendió a tocar algunas notas. Intentaría no pensar en las arañas, cogería rápidamente los objetos, bajaría y con cuidado y ya a la luz, primero, comprobaría que no hubiera arañas y segundo, desempolvaría y metería en cajas el trombón y los bonitos cuadros.

Al llegar a casa, Nombre ni tan siquiera se dio una ducha, pues sabía que lo más probable es que el pelo se le llenara de seda de las telarañas, cogió una linterna y decidido y sin pensarlo más, se dirigió al desván. Para subir al desván tenía que coger una pequeña escalera, y primero abrir una puerta, que basculaba hacia el pasillo con cuidado de que esta no le hiciera perder el equilibrio, aunque ciertamente no era pesada, bajar un poco por la escalera para librar la puerta y posteriormente volver a subir.

Quitó la vieja sábana que cubría la bicicleta, y sonrió al ver de nuevo la preciosa bicicleta, aunque con las ruedas deshinchadas parecía ciertamente desvencijada, la cogió y la dejó apoyada al lado de la puerta del desván. Después fue hacia donde estaba el trombón y los cuadros, quitó las sábanas con las que apartó, no sin menos sensación de asco o fobia las dos arañas enormes que yacían sobre ellas, y cargó con su pesado instrumentó y los dos cuadros.

Pero al cogerlo todo, unido a su peso, las maderas del viejo suelo quebraron, y cayó a una especie de hueco de alrededor de un metro y medio de profundidad. Desorientado unos segundos por el golpe y la sorpresa, se apresuró a coger la linterna para ver si se había lastimado y también para comprobar que no tenía por su cuerpo las dichosas arañas. Vio que los cuadros estaban afortunadamente bien, y el trombón no había sufrido daño alguno debido a que el estuche lo había protegido. Pero al girarse, vio que había un baúl debajo del suelo del desván. Primero pensó que cómo era posible, pero pudo observar que se había abierto una pequeña rendija por la que pasaba la luz proveniente del pasillo. Nunca había pensado que detrás de la pared del pasillo hubiera una especie de hueco, y mucho menos debajo del suelo del desván…

Sin pensárselo dos veces, y con una curiosidad enorme, se dispuso a quitar el polvo del viejo baúl. El baúl era de color marrón, entero de madera excepto sus bisagras, refuerzos y su cerradura, que era metálica y sobretodo era la que denotaba que el baúl tenía bastante tiempo, era muy antigua. Afortunadamente, estaba la llave puesta, y con mucho cuidado, Nombre, se dispuso a girarla… Una vuelta, dos vueltas y bingo, la tapa del baúl cedió unos milímetros hacia arriba, señal de que ya podía levantar para ver lo que había dentro.

¿Qué es lo que encontró Nombre dentro del baúl?

a)      Nombre y la maldición.
b)      Nombre y las ratas.
c)      Nombre  y el fin de la historia.
d)   Nombre y la partitura.









a)

Al abrir el baúl, Nombre, encontró en su interior dos viejas y desvencijadas prendas. Una pertenecía a un niño pequeño, y estaba compuesta por un pantalón, una camisa raída y una especia de gorra de la época. A su lado, había un vestido de color rosa palo, muy maltratado por el tiempo, que parecía haber pertenecido a una niña de corta edad también. Debajo de ellos, había una foto en blanco y negro, realmente antigua. A Nombre, tras observarla un poco, no le cupo la menor duda de que esa foto era la de los dos niños, ya que llevaban exactamente la misma ropa que había en el baúl. Por detrás de la foto, un mensaje enigmático.

“Descansando en el arca, el primero que perturbe nuestras almas, cien años sin calma.”.


Al leerlo, Nombre lo cerró instantáneamente, saliendo de allí en seguida para bajar las cosas cuanto antes, y a la vez preocupado por el mensaje de detrás de la foto. ¿Habría sido él el primero en abrir el baúl desde que lo cerraron? ¿Realmente pasaría algo? ¿O tal vez no se cumpliría la especie de maldición?

En el pensamiento de Nombre quedaron volando esas preguntas. Metió en el coche el trombón y los cuadros, dejó la bicicleta al vecino y cerró la puerta de la casa con un amargo regusto, no con la sensación encontrada de tristeza y a la vez satisfacción por dejar atrás una etapa de su vida y abrírsele una nueva.

En su pensamiento esas preguntas… No se le iban de la cabeza en ningún momento, seguían ahí, ancladas, impunes al paso del tiempo y al transcurrir de los días. Ni tan siquiera el ir bien en el trabajo le había conseguido distraer de aquella maldita frase. De hecho, cuando dormía, lo hacía profundamente, pero cada vez con más frecuencia tenía una ensoñación, la misma ensoñación. En ella, aparecían la niña y el niño correteando por una especie de jardín que tenía la casa, que se veía al fondo. Todo el sueño era en color sepia. Al principio reían los dos, cuando de repente, se quedaban mirando fijamente a Nombre, que no podía apartar la mirada de ellos, para ponerse a llorar desconsoladamente, con sufrimiento, mientras se acercaban lentamente a Nombre, y cuando le tocaban, quedaban allí mismo las prendas y desaparecían los cuerpos, pero no los llantos de los niños, y despertaba horrorizado ante tal repugnante sueño.

Semana tras semana, día tras día, siempre lo mismo. Nombre había enloquecido en sus propios pensamientos, obsesionado preguntándose siempre las mismas preguntas, sin hallar respuesta. Pero la respuesta, ya la tenía. Se había cumplido. Aquellas preguntas que se hacía eran a la vez su respuesta. Nombre había enloquecido sin darse cuenta, para siempre, para el resto de su vida. Aquel fatídico momento en el que Nombre cayó al agujero, la decisión de abrir el baúl, y la curiosidad por haber leído las fotos, causaron en Nombre el tormento perpetuo de sus pensamientos, sin que él, nada pueda hacer por dar respuesta ante tan obvias, ahora sí, preguntas.

















b)

Al abrir el baúl, Nombre encontró en su interior un viejo libro. Tenía las pastas gruesas, cubiertas con un fino cuero que cuarteado, seguía aguantando el paso del tiempo forrando y engalanando a su vez el libro. Las hojas, tenían un color como el tabaco, y denotaban que el libro lo habían escrito hace mucho tiempo. ¿Cuántos años podía tener? ¿Quién lo habría escrito? La curiosidad y emoción no hicieron dudar a Nombre. Se apresuró en abrirlo, y en la primera página, encontró una especie de dedicatoria escrita a mano que rezaba:

“Rogad a Dios por las ratas, pues la sabiduría y justicia de la muerte adora sus colmillos.”

¿Cómo alguien en su sano juicio podía haber escrito semejante frase? Fue lo primero que se le pasó a Nombre por la cabeza.

El libro estaba todo escrito a mano, con una caligrafía cuidada, pero notablemente típica de la época, de trazo fino e inclinado, como cursiva, y de un color azul marino casi negro. De verlo abierto, si no fuera por la ausencia de fechas, parecería incluso un diario, pero claro, quizá este libro se escribió antes de la invención de la imprenta, aunque fuera poco probable.

Nombre estaba notablemente confuso al principio, no era capaz de encontrar un guión o un hilo argumental a la historia, no era capaz de dar con algo que le hiciera confirmar la misteriosa dedicatoria a la entrada del libro. Las ratas… ¿Por qué las ratas y no los perros?

Nombre lo entendió al seguir leyendo. Lo que estaba leyendo estaba dejándolo anonadado, estaba alucinando, introduciéndose en un nuevo mundo, que empequeñecía el actual.

El libro,  venía a decir que los humanos éramos hermanos de las ratas. Esto era así hace muchísimo tiempo. Explicaba que los humanos y las ratas llegaron a la primera ciudad del mundo a la vez, y que en vez de echarse unos a otros, decidieron compartir la ciudad en paz y armonía. Las ratas por aquel entonces eran limpias, y cuidaban de no molestar a los humanos, a la par que estos las facilitarían comida a cambio de que las ratas hicieran galerías para poder almacenar víveres ante futuras invasiones de humanos rivales.

Pero a los humanos, les empezó a molestar más la presencia de éstas por las calles, y cada vez las exigían mas horas de trabajo por la misma dosis de comida, aun sabiendo que la población crecía y las necesidades aumentaban. Al final, sólo las dejaban salir por las noches a la superficie, y las que salían, empezaron a desaparecer misteriosamente. Las ratas, listas ellas y menospreciadas por los humanos, hicieron en secreto una asamblea en la que decidieron investigar por su cuenta las desapariciones de miembros de su colonia, y decidieron buscar una excusa para dejar de hacer nuevas galerías.

Enviaron a las dos ratas mas sabias a espiar a los humanos, y descubrieron con horror como los humanos habían utilizado las pieles de las ratas para curtirlas y hacer calzado. ¡La crueldad hecha zapato!

Las ratas, cuando volvieron, contaron rápidamente a la colonia los descubrimientos, y decidieron tomar la justicia por su cuenta. Ellas se dieron cuenta del poder de sus colmillos, y decidieron que en ellos transportarían la peste negra, una enfermedad letal que pudre a los humanos. También decidieron descuidar su aspecto, para causar mas miedo  y asco a los humanos, ya que de otra forma no las tomarían en serio, y decidieron multiplicarse en mayor número, aun a riesgo de de padecer hambrunas. Pero para ello, también decidieron buscarse el pan por su cuenta, y accederían a las despensas de las personas para mordisquear todo aquello que sus poderosos dientes.

Las galerías las derrumbaron, y decidieron acceder por nuevas hasta las mismas casas, para poder atacar mejor a los humanos. Y así, prácticamente estuvieron dominando ciudades y campos para sorpresa de los humanos, que estaban siendo diezmados por las enfermedades transmitidas por estas, y debilitándose debido a que ahora las ratas se habían vuelto insaciables y destructivas, debido a la traición del pacto.

La muerte, siempre tuvo aprecio por las ratas, puesto que impartieron la justicia necesaria ante la codicia humana. Por eso, Nombre por fin entendió la especia de dedicatoria en la primera página del libro. Por eso, comprendió que este libro, lo habían escrito las ratas, para dejar constancia de que los humanos son aquellos que incumplen siempre los tratos por su ambición.

Los humanos tardaron en recuperarse muchísimo tiempo, y como recuerdo de esta historia, queda el otro pacto de los humanos con los gatos, esos animales que cuentan las malas lenguas son capaces de relacionarse con el mas allá, y son los mas feroces y eficaces defensores de las ratas para los humanos, y la mutación de las ratas para compartir gran parte del genoma humano pero diferenciarlo en lo mínimo posible para poder transportar enfermedades sin que causaran daño al animal.

Nombre, al terminar el libro, fue devorado por las ratas, para que nunca nadie pudiera saber la verdadera historia de por qué, en realidad, casi somos como hermanos de las ratas, de las sabias ratas.





























 c)

Al abrir el baúl, Nombre no encontró absolutamente otra cosa que no fuera suciedad. Sin más dilación, Nombre cerró el baúl, se rehizo del susto, cogió sus cosas, y con celeridad, las bajó de la casa, temiendo nuevos contratiempos. No cogió el baúl porque era bastante supersticioso, y Nombre creyó que posiblemente sólo pudiera traerle problemas debido a cómo se le había encontrado. Por ello, metió las cosas al coche, dejó la bicicleta a su vecino, y Nombre se fue para iniciar una nueva vida.










































d)

Al abrir el baúl, Nombre encontró una especie de pergamino. Al desenrollarlo, Nombre pudo observar que se trataba de una partitura, que transcurría a lo largo del pergamino. De un salto, Nombre se incorporó y sin tiempo que perder cogió el librillo y su viejo trombón, salió del desván y fue hacia una poyata de la ventana del exterior para dejar allí el libro y poder tocar las notas con su viejo instrumento. Nombre estaba ansioso por descubrir como sonaría la partitura. Al principio, la melodía era muy sencilla, ni muy triste ni muy alegre, pero rápidamente se tornaba mas técnica y las notas eran muy pegadizas.

Mientras Nombre la iba tocando, pudo observar desde la ventana como su vecino tenía un extraño comportamiento. Tan extraño, que Nombre paró para preguntarle que qué le pasaba. Pero al parar de tocar, instantáneamente, el vecino empezó a comportarse normalmente. Nombre insistió en que le había notado muy extraño, pero su vecino se,  mostró inmutable, como si no se hubiera dado cuenta de lo que hubiera hecho.

Nombre le contó lo que le había sucedido, y que si tenía tiempo, se quedara a escuchar la partitura al completo que había encontrado en el viejo baúl escondido en su desván. El vecino asintió, ya que también tenía curiosidad. Al rato de empezar a tocar, y cuando venía la parte pegadiza, su vecino comenzó a realizar de nuevo cosas extrañas. Empezó a balbucear sonidos extraños y comenzó a hacer espasmos. Nombre de nuevo paró de tocar, y le volvió a preguntar si estaba bien. El vecino, ligeramente molesto, le espetó que estaba perfectamente, que siguiera tocando y que no se preocupara. Nombre siguió tocando y a medida que avanzaba la partitura más pegadiza se hacía la melodía, y peores gestos hacía su vecino, parecía que estaba en trance…

Nombre decidió parar, vuelta a lo mismo… Empezó a pensar que era algo más que una simple partitura… Pero se preguntaba por qué a él no le hacía ningún efecto. Corrió hacia la tienda de ultramarinos del pueblo, que prácticamente siempre estaba abierta, y le explicó la historia de la partitura al tendero, pero sin decirle nada de lo ocurrido a su vecino, para ver como reaccionaba. También, dos señoras que estaban comprando en la tienda, se quedaron a escuchar la partitura.

Al comenzar, nada, pero a medida que avanzaba, más de lo mismo, las personas iban entrando en trance, como poseídos, hablando en un idioma extrañísimo, parecido a alguno tribal, y realizando gestos y espasmos propios de personas en un estado semiinconsciente o bajo efectos de narcóticos. Al parar, vuelta a la normalidad, y nadie sabía lo que había ocurrido, todos decían que la melodía era bonita, sin más.
                                                                                                 
Nombre no tenía ninguna duda, aquellas notas guardaban un secreto. No se dio cuenta de que por ahora no había acabado nunca de tocarla entera, por lo que revisó el pergamino para ver como continuaba, y al final, aparecía una frase.

“Fin de preparativo. El más allá espera.”

Estaba claro, la partitura debía de ser una especie de melodía de brujería, hipnótica para aquellos que la escucharan, pero no así para los que la interpretaran. ¿Quién habría creado semejante partitura? ¿Por qué tenía ese extraño poder?
Nombre, fue a biblioteca del pueblo, y preguntó a la dependienta, gran aficionada a la música y una de las personas mas cultas del pueblo y que Nombre hubiera conocido, sobre si tenía conocimiento de alguna partitura con alguna especie de dote hipnótica. Tras pensarlo un poco, la bibliotecaria fue a rebuscar al almacén de los libros descatalogados, y leyendo uno de ellos, escrito en la época medieval, contaba la historia de los viejos akelarres realizados en la pradera de detrás de la iglesia del pueblo, en los que se tomaban brebajes para hechizar y alejar a los espíritus y bestias malignas que atormentaban a la población de entonces. En un extracto, contaba que un músico ambulante, decía haber participado en uno de los rituales de los que tomaban parte las brujas y brujos del lugar, y había contactado con espíritus que le habían pasado una partitura mágica, con la que podría hipnotizar a toda persona que la escuchara, para que pudiera contactar con el más allá y tener la opción de pasar de una vida terrenal a una vida espiritual, al limbo. Esta partitura fue escrita en un pergamino, que fue guardado con celo en un baúl construido por el mejor artesano del lugar.

Con el tiempo, la inquisición fue ganando terreno a las brujas y chamanes, eliminando a muchos de éstos, y se perdió el rastro de la partitura para siempre, creyendo que fue destruida en una de las innumerables quemas realizadas por la iglesia en aquella época.

Nombre, y ahora la bibliotecaria, sabían que la partitura de la leyenda era la que estaba en aquel baúl. ¿Pero, qué pasaría si aquella partitura se toca al completo? La curiosidad pudo con los dos, y la bibliotecaria aceptó escucharla, con la condición de que si empezaba a sufrir mucho, Nombre parase de interpretarla para que no la sucediera nada malo.

Cogieron el viejo libro y fueron a casa de la Nombre a por el trombón y de allí, decidieron ir a casa de la bibliotecaria a realizar el experimento. Se tomaron un refresco tranquilamente y volvieron a repasar la historia del libro. En él, no se decía absolutamente nada, tan solo era enigmática la nota escrita al final de la partitura. Comenzaron los preparativos, y cuando estaban los dos medianamente relajados, Nombre, hinchó los pulmones, lo comenzó a expulsar y el trombón empezó a emitir la melodía. En cuanto entró al tramo de la melodía pegadiza, la bibliotecaria tuvo sus primeros espasmos y balbuceos… Al seguir tocando Nombre, la situación se volvió mas impredecible, y empezaron  a suceder cosas realmente extrañas. La televisión parecía encenderse ella sola por momentos, y la luz comenzó a parpadear rápidamente, mientras las puertas de la casa retumbaban y los cajones se abrían y cerraban… Nombre estaba aterrorizado, pero seguía tocando, ya que la bibliotecaria no parecía que estuviera fuera de control, relativamente claro. Pero al interpretar la parte que todavía no había comenzado, un fuerte sentimiento de ira y de curiosidad invadió a Nombre, mientras que la bibliotecaria comenzó a convulsionar y a echar espuma por la boca, doblando su cuerpo en unas posturas totalmente inverosímiles, con la espalda arqueada, en una posición totalmente antinatural, mientras se sucedían cada vez mas fuertes los extrañísimos sucesos por la casa. De pronto, comenzó a hacer una especie de brisa y unas voces de ultratumba poblaron la estancia. La partitura iba a terminar…

Pero esto no había hecho más que comenzar… Nombre decidió alimentado por la curiosidad y el sufrimiento de la bibliotecaria seguir tocando, le había cegado la maldita melodía, o quién sabe qué, y la bibliotecaria empezó a emitir gemidos roncos, mientras las babas la caían por su rostro y su cuello. De pronto, la luz se fue para dejar paso a un suceso sobrecogedor. Justo encima del pecho de la bibliotecaria, emergió la figura de una bruja en una hoguera, cantando y emitiendo sonidos, mientras a su alrededor, se podía distinguir la figura de cuatro frailes como si estuvieran rezando e implorando contra la bruja. Nombre, tocaba una y otra vez la misma parte de la partitura, inconsciente, y probablemente influenciado por algún ser de ultratumba, controlando el cerebro. El cuerpo de la bibliotecaria se comenzó a elevar del suelo, y las paredes de la habitación desaparecieron, cuando de pronto, Nombre acabó la partitura, y la bibliotecaria cayó desplomada, con la cara totalmente desfigurada, con el cuerpo empapado en sudor y vómito. Estaba muerta. Nombre, comenzó a reír, la desnudó, y violó su cuerpo muerto mientras los frailes del mas allá rezaban y se oían lloros desconsolados de la bruja quemada en la hoguera.

Al minuto, todo se volvió claro, y de pronto, Nombre, vio el sendero a la otra vida, cogió su trombón, su partitura, y se ahora se dedicará a tocarla una y otra vez en el limbo.

Cuentan las leyendas, que ahora si alguna vez oyes un viejo trombón tocando de fondo una melodía, es Nombre tocando desde el mas allá la partitura sin descanso, dispuesto a jugar con las almas curiosas que menosprecian la historia, como pasó por ejemplo a la incauta bibliotecaria y al ahora maldito Nombre, condenado para toda la eternidad a no dejar de tocar la partitura.


Pablo A.K.

El secreto del Hombre Sin Nombre

2º CAPÍTULO

Invierno, atardecía. Me quedé sentado en frente de ese edificio macabro. Medio derruido por el paso del tiempo y el desentendimiento de su mantenimiento. Estaba sentado en el bordillo de una acera, sobre un cartón, pues el suelo todavía andaba húmedo y frío de la nieve que se había descongelado esa misma mañana. Me quedé mirando al cartel <<LIBERTAD, RESPETO Y COMPROMISO>>. Ese cartel tan llamativo y carcomido. Con la.luz del atardecer tenía otro aspecto, y era bastante curioso, porque las letras aún se distinguían menos. Tiré la colilla, me levanté y me dirigí hacia las escaleras.

Al llegar arriba empujé la puerta, y cuál fue mi sorpresa que allí no había nadie. Estaba esa pequeña habitación vacía. La luz encendida y un olor rancio de no ventilarse mezclado con el del tabaco. En medio de la habitación. Un papel. Me acerqué y lo recogí, decía:

***
HOLA VIGO. NO INTENTES ABRIR LA PUERTA PORQUE NO VAS A PODER. PARA ELLO DEBERÁS TRAERME ALGO QUE DEMUESTRE QUE ERES UN HOMBRE DE PALABRA. NO TE PREOCUPES. EL DÍA QUE VENGAS TE ESTARÉ ESPERANDO.

EHSN
***

Por supuesto que lo primero que hice fue ir hacia la puerta. En la que había escrito con letras quemadas<<AQUÍ TAMBIÉN LO ERES>>. No tenía pomo, la empujé y... Nada. Apenas se movía. Era como si detrás de la puerta hubiera un tabique que no te dejaba abrirla. Y tirar tampoco podía, pues era plana, como un tablón, sin tallas ni adornos de donde intentar agarrar con la punta de los dedos.

Así pues desistí y empecé a cavilar sobre a qué se referiría El Hombre Sin Nombre con eso de que tenía que llevarle algo que fuese de palabra. Rápido caí en la cuenta. Di la vuelta al papel y escribí:

***
EN UNA SEMANA VOLVERÉ, CUANDO EL SOL ESTE CAYENDO Y LA NOCHE SE ABRA PASO EN EL CIELO.

VIGO
***

Lo dejé donde estaba y me fui.

Al salir del edificio cual fue mi sorpresa que la luz de la habitación estaba apagada. Con lo cual me di media vuelta y volví a subir. Pero nada. Allí no había nadie, y para mas misterio, el papel había desaparecido. Me dirigí a la puerta plana y seguía sin poder abrirse. Así que, totalmente desconcertado me largué de ese lugar y volvería a la semana siguiente.

...

Pasó una semana y volví. Claro que volví. Subí las escaleras, abrí la puerta y allí estaba, el Hombre Sin Nombre. Esta vez vestía un traje gris a rayas de diferentes tonalidades, estaba peinado hacia atrás. Con su palidez, sus ojeras y esa rugosidad tan peculiar. Pero sus ojos brillaban. Parecía contento de verme. Estaba mirando hacia la ventana desde el medio de la habitación, con su cigarro. Se giró en cuanto entré y esbozó una sonrisa.

-¡Hombre Vigo! ¡Un placer verte! ¿Qué te trae por aquí?.- Dijo mientras se volvía de nuevo hacía la ventana.
-Hombre Sin Nombre.- Hice una pausa, sonriéndole. -Los dos sabemos por qué he venido,- Le contesté mientras me acercaba hacia él -¿No tendrás un cigarrín por ahí?.- Pregunte mirándole las manos. Y me quede a su lado, acompañándole en la visión que nos regalaba la ventana.-Aquí tienes.- Me pasó el pitillo -Gracias.- Dije y me extendió los brazos, con el mechero entre las manos.
Nos quedamos en silencio, fumando mientras mirábamos por la ventana. Se estaba a gusto la verdad.
-Entonces. ¿Tienes ganas de saber lo que hay detrás de la puerta?- Me preguntó mientras se agachaba a apagar el cigarrillo en el cenicero, que estaba en el suelo.
-Si. La verdad que estoy bastante intrigado. Está semana lo he pensado mas de una vez.
-¿Y por qué tanto interés?.- Me preguntó con una sonrisa traviesa, la misma sonrisa que la otra vez.
-Me gusta la intriga, lo desconocido y lo extraño. Y más esto. Por el cartel y por la peculiaridad de la puerta.- Dije mientras apuraba las últimas caladas, echando el humo.
-Está bien que seas curioso, pero, tienes que saber que tras esa puerta hay una de esas situaciones que te enseñan, de tal manera, que una vez que comiences no podrás volver atrás, no podrás hacer absolutamente nada para borrar lo hecho.
-Bueno, eso es lo que pasa con todo prácticamente. Lo hecho, hecho está, ¿No?.- Le dije encogiéndome de hombros.
-Si, si- Dijo, y seguidamente hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta, indicándome que le siguiese.
Apagué el cigarrillo en el cenicero del suelo y fui tras él.

Detrás de la puerta un pasillo se extendía ante nosotros. Sonaba de fondo una música que me recordaba a algo así como el Blues, muy bajita. La iluminación era tenue, estaba decorado con una especie de moqueta aterciopelada, de varios rojos, cambiando tonalidades entre el suelo, techo, paredes y puertas. Había una puerta en cada lado y un foco. Una puerta y un foco, una puerta y un foco. Parecíamos estar en un hostal. Iba siguiendo al Hombre Sin Nombre por un pasillo que no sabía de dónde coño salia, era totalmente ilógico pensando en el edificio, pero la verdad que todo era realmente ilógico. Desde el cartel roído hasta el hombre que tenía en frente de mí.

Estuvimos caminando un buen rato, en silencio. Se hizo bastante largo. Pues veíamos la misma imagen de pasillo durante todo el jodido trayecto. Hasta que llegamos a otra puerta, blanca y también, lisa, sin pomo ninguno. El Hombre Sin Nombre empujó y tras ella apareció una especie de antro. ¡Un puto antro! ¿Dónde coño estábamos?. El bar, tanto decoración como ambiente. Me recordaba a un bar de esos que salen el las películas de época, estaba lleno de gente, desperdigada. Había poca gente en grupo o en pareja. Y el local era gigante. Fuera la calle, de día. ¡Era de día!. Yo no sabía nada, no tenía ni idea de qué estaba pasando ni de donde me había metido. Seguí al Hombre hasta una barra .

-¿Qué quieres de beber? Ahora te explico todo.- Dijo mientras se sentaba apoyando un codo en la barra y con el pie colocaba otro taburete para que me sentase.
-Cualquier cosa que me ayude a escuchar, con hielo.
-Dos ginebras con limón y soda por favor.- Dijo levantado un poco la voz, mirando hacia la barra.
Casi al momento apareció un camarero con todo el tinglado. Nos sirvió.
-Gracias Teodoro. -Dijo el Hombre Sin Nombre
-De nada Dovido. - Contentó el camarero esbozando una sonrisa cómplice.
-¿Dovido?, ¿Te llamas Dovido?, ¿Tienes nombre?-. Le pregunté exaltado, echándome hacia atrás.
-Claro- Dijo mientras se reía -Aquí si tengo nombre, aquí soy. En el otro mundo ni siquiera existo. Y este es el tema del que quiero hablarte. Te necesitamos para hacer unos cuantos encargos entre los mundos. Y ahora te explico, no te preocupes.- Dijo mientras me apoyaba una mano en el hombro. Me debió de ver la cara de estupefacción. -Yo voy a irme a hacer un recado,- Continuó -si quieres enterarte de como va todo esto de los mundos y demás, que supongo que si, puedes hablar con casi cualquiera de los que están rondando por este local, pero yo te recomiendo ese que ves ahí al fondo, el que lee,- apuntó hacia uno de las mesas del bar. Allí había un hombre grande, con el pelo y la barba largos y rizados. -se llama Rojo. Y la bebida ya esta pagada, si quieres más pídela y no te preocupes, va todo a mi cuenta. Estate por aquí hasta que vuelva. ¿Vale?.
-Vale-. Contesté encogiendo los hombros. Por contestar algo, porque estaba totalmente desconcertado.

Di un trago, agarré la copa y me acerqué hacia ese hombre del fondo. Nadie me observaba, cada uno estaba a lo suyo y eso me hizo estar cómodo.
-¿Señor Rojo?.- Le pregunte parándome en frente de él.
Bajó el periódico y levantó los ojos -Lo de señor te lo guardas y, ¿Sí?-. me preguntó mientras apoyaba los codos en la mesa, cruzando los brazos y quedándose con esa gran cara mirándome. Tenía una cara risueña.
Yo contesté decidido. -Hola, soy Vigo. He venido de... He venido por los pasillos, por uno rojo, con Dovido. Fue a hacer un recado y me recomendó que hablase contigo.
-Está bien, siéntate.- Dijo mientras apuntaba con el brazo a la silla de en frente.
Me senté. -Yo escucho.
-¿Y qué es lo que quieres escuchar?
-Pues no sé...- Respondí, dudoso. Esa pregunta me pilló desprevenido, asi que opté por preguntarle. -¿Qué hago aquí?
-A no sé, eso será cosa de Dovido. A ese tipo de preguntas no te puedo responder Vigo.- Me dijo poniendo cara de circunstancia.
-Pues...- Dudé, y estaba empezando a ponerme nervioso. -¿Dónde estamos?
-Estamos en un local de encuentro, se llaman Amaneceres. En un amanecer.- Soltó una carcajada -Bueno, en estos locales es donde se encuentran las puertas que enlazan la tierra de la que vienes con esta. Aquí siempre se recibe a los recién llegados, como tú, por eso se llama Amanecer.- Dijo tranquilo.
Yo, me alteré -¿Y por qué es tan largo el pasillo? ¿Para qué tanta puerta?- No entendía nada. -¿Y qué es eso de los enlaces? ¡¿Qué mundo es este?! ¡¡¿¡QUÉ PINTO YO AQUÍ!?!!. - Un escalofrío recorrió mi cuerpo, después de marearme, me desmayé.

A. AlPa

sábado, 8 de marzo de 2014

Una leyenda




Erase una vez una princesa, pero esta no era una princesa que esperase a ningún príncipe, ella estaba a gusto como estaba sin necesidad de príncipes y cuentos de hadas. Acostumbraba a salir por el bosque a dar paseos y acercarse a la charca de las ranas, quedarse quieta y escuchar el comienzo de sus cantos junto al de los pájaros, esa sensación le encantaba.

Un día, mientras se encontraba sentada al lado de una charca, con los ojos cerrados, una muchacha se le acercó y ceso el croar de las ranas. La princesa abrió los ojos, la miró, y antes de que abriera la boca, la muchacha le pregunto que qué era lo que hacía. La princesa, muy tranquila respondió que se sentase en silencio y esperase.

Cuando las ranas empezaron a croar de nuevo la muchacha chillo, volviendo todo a quedarse en silencio. La princesa le pidió explicaciones y esta dijo que si escuchaba el croar de las ranas no iba a haber príncipe ni muchacho que la quisiese, así decía la leyenda. La princesa se exaltó y se quedo en silencio, llena de tristeza. Se levantó y se marchó, sin decir nada,  pensando en que no quería estar con nadie por culpa de las ranas.

Desde aquel día no volvió a salir, y al tiempo de ello, conoció a un príncipe con el que se casó. Pero no era feliz porque jamás se sentía a gusto, así que un día decidió volver al bosque, a la charca. Y en cuanto volvió a escuchar el canto de las ranas junto al de los pájaros, una inmensa alegría la inundo, haciendo brotar sus lagrimas, recordando que estaba mejor sola, que si no quería ningún príncipe era porque pensaba que no sabían hacerla feliz, que solo se había dejado llevar por las palabras de aquella muchacha engañada, la cual jamás sentiría esa preciosa sensación de escuchar a los pájaros y las ranas sin ningún miedo.

Cuando volvió a casa, agarro al príncipe y le llevó a escuchar las ranas, pues quería compartir con el esa felicidad, felicidad de la que fueron participes hasta su muerte, y con su muerte, desapareció esa tonta leyenda de las ranas.


07/09/2009
A.AlPa

En uno de sus paseos

-¿Qué es el egoísmo abuelo?.
-Algo así como la avaricia. Una de las peores enfermedades que puede tener un hombre hijo.
-¿Y la envidia?.
-La envidia es la hija del egoísmo.
-¿También es una enfermedad?.
-Si hijo. Son enfermedades que si te entran cuesta muchos pesares quitarlas, pues se te apegan al alma.

* La privatización es el derecho al robo, el fruto del egoísmo, la loa a la envidia.



A. AlPa