miércoles, 18 de diciembre de 2013

Se ha oído como un dísparo

Era invierno y hacía frío, mucho frío, caía la noche lenta y pesadamente. Estábamos en casa de mi madre; que pegada en frente al televisor con la cara como un búho, reía y despotricaba. Mi abuelo, ya delirando por la edad y las pastillas que le suministraba su "farmacéutico particular", que así lo llamaba él. Y yo, entreteniéndome mirando motas de polvo u observando a mi abuelo y a mi madre.
Esa noche mi abuelo me contó una historia desde su delirio que me conmocionó. Se recostó en su gran sillón rojo de cuero, mientras mi madre veía una serie de policías americanos, de esos que llevan siempre sombrero negro.

Me observó desde arriba, pues yo siempre me tumbaba en el sofá, y dijó: - ¿Sabes hijo? Cuando yo era joven, teníamos que ir a buscar al burro, y a ese le poníamos adelante, el no cargaba nunca peso, no, para eso mejor caballos, ¿sabes hijo? Siempre le alímentabamos bien, al que más, entonces él iba delante para que los que venían, ¡nos temiesen! -saltó del sillón y se agachó hacía mí. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir-. Entonces ahí llegó la policía. -su rostro se puso como pensativo y mientras se arrascaba la barbilla con una mano mientras apollaba el codo en la otra, me preguntó- ¿Tú sabes que es la policia? - Sí abuelo, sí. -Era mejor seguirle la corriente, si le preguntabas no tardaba en nublarse y parar de hablar-.

El abuelo se recostó y empezo a relatar, mirando hacia la nada. - A nosotros no nos gustaba, solo trabajaban para los reyes ¿sabes hijo? Para los reyes y para los curas, solo recibían ordenes de ellos, pero nosotros teníamos algo valioso, ¿sabes qué hijo? -Yo hice un gesto de incomprensión, mi abuelo era de principios de milnovecientos y a mi me quedaba muy lejos eso-.

Abuelo se enderezó y se puso muy serio. - La conciencia, la conciencia y la union, así por mucho que quisieran intentar hacernos creer que allá donde campabamos era de los reyes no lo creíamos, pues nosotros sabíamos que era de la naturaleza... Hijos de perra... Ponían su nombre hasta en piedrotas como montañas, pero acababan aplastados por las montañas ¡Eso no lo aguantaban ni los burros! -Afirmó con vehemencia mientras cerraba el puño-.

El caso hijo, - empezó a hablar sosegado -es que hubo un día en el que los burros se vendieron a la policía, pero dejaron de alimentarles como hacíamos nosotros, si, no les cuidaban igual, al final. ¿sabes que hijo? Ya nunca mas hubo burros, con lo mansos que eran- Mi abuelo puso cara de pena y torció los ojos mirando hacia el techo. -Ya nunca más se volvieron hacer grupos con esa union, ese fondo, de todos ser uno, la misma máquina, con el mismo fin, seguir alimentándola y aprendiendo de nuestro entorno, de nuestras sensaciones.

Entonces agachó la cabeza y me miró como intentándome decir que jamás olvidase esas palabras. -Hoy en día pretenden que encerréis los sentimientos en esas cajas de tantos colores, así limitáis vuestra vida casi al espacio que ocupáis, y ellos pueden quitar todas las montañas que quieran, ellos pueden hacer que sus sombras os den por donde más les convenga -Finalizó levantando la voz -.Se recostó tan tranquilo y se quedó mirando, perdido, como sin estar, a la tele, en silencio.

Yo en ese momento no entendí nada, ahora es cuando me vengo a acordar de esa historia, con las manos atadas a mi espalda, el cuerpo magullado, olor a sangre, ahora, mientras el hierro de una pipa roza con mis piños por haber vendido a un hermano<<se escuchó un sonido>>, ¡¡¡clack!!!.

A. Alpa

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