jueves, 6 de febrero de 2014

Cebollas

Estaban sentados al calor de la chimenea. Y el abuelo, como era de costumbre, le comenzó a contar una historia antes de que el pequeño se fuera a dormir. “Te voy a contar la historia de por qué hacen llorar las cebollas, verás”;

Érase una vez. Cuando el mundo aún no era mundo. Una comunidad de cebollas, las primeras cebollas. Por aquel entonces las cebollas no hacían llorar. Y tampoco tenían tantas capas, ni esa fina piel que las cubre. En un principio eran muy risueñas y confiadas. Pero cada vez que alguien les hacía daño se creaban unas capas.

Primero se encontraron con la tierra. Las cebollas buscaban donde poder pasar la noche sin notar tanto el frío. Pues en un principio, no eran mucho más que el corazón.

– Hola, necesitamos un cacho de tierra para descansar esta noche y resguardarnos del frío- dijeron las cebollas a la tierra.

-Aquí podréis dormir todas las veces que queráis, sin problema-. Les contestó la tierra mientras se frotaba las manos.

Al día siguiente cuando despertaron las cebollas se dieron cuenta de que la tierra las había enterrado tanto que no podían salir.

 -¡Ayúdanos!- Gritaban.

Pero la tierra no les hacía ni caso y mientras reía les gritaba.

-No haber sido tan confiadas. Es vuestro problema haber confiado en la primera tierra que os encontrasteis. ¡Jajaja!.

Entonces unas cuantas cebollas aunaron fuerzas y pudieron salvar unas pocas. Las pocas que se salvaron empezaron por hacerse unas cuantas capas.

Las cebollas siguieron su camino y de pronto las dio sed. Se acercaron al río, y le preguntaron si podían beber. Este las recibió sin ningún problema y cuando estaban bebiendo a orillas del río. ¡Flusssh! El río hizo una ola hacia la orilla llevándoselas con la corriente. Pero no a todas se las llevó. Las pocas que quedaron salieron corriendo y se pusieron aún más capas.

Las cebollas siguieron su camino. Muy tristes porque tanto la tierra como el río las hicieron daño. Hasta que se encontraron con un hombre. El hombre las vio apenadas y las preguntó.

-¿Qué os ha ocurrido? ¿Porque camináis tan cabizbajas?

Las cebollas le explicaron como la tierra y el río las había engañado, y el hombre las ofreció una parte del huerto que cuidaba.

-Aquí estaréis cómodas, tendréis agua para beber y tierra donde dormir. Pero deberíais crearos una capa de abrigo para que por las noches no os coman el cuerpo los bichos. En mi huerto hay muchos que atacan a todo lo que planto.

Así pues las cebollas aceptaron. Se pusieron unas pocas capas más y se hicieron una piel que las protegería de las inclemencias del huerto de aquel hombre. Paso el tiempo y las cebollas procrearon. El hombre las cuidaba tan bien que se multiplicaron no tardando mucho, y se pusieron grandes, bien hermosas. Pero llego el día en que el hortelano las cosechó. Dejó algunas para las semillas y las que le sobraban se las dió al vecino.

Las cebollas se sintieron más traicionadas que nunca, el hombre las había roto el corazón. Entonces se prometieron a ellas mismas que cada vez que las personas utilizasen para sus guisos cebollas, cada vez que se atreviesen a picarlas les harían llorar. Y por eso lloras cuando pelas cebollas. Porque hubo un día, cuando el mundo no era mundo, en que un hombre las partió el corazón al traicionarlas.

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A. AlPa




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