domingo, 17 de enero de 2016

Incierto

Cerró los ojos, y contó hasta quinientos. Se hizo eterno, no porque fuera un número elevado, ni porque pasara los números por su mente despacio, si no porque el verdugo, nunca llegó a apretar el gatillo. Tras esto vomitó, empapado en sudor, mientras creyó por enésima vez que no iba a poder más.

Otro día de cautiverio, con la espada de Damocles sobre tu yugular, con la incertidumbre de si este será tu último amanecer. A miles de kilómetros de casa, con esa duda que te machaca, con cientos de preguntas sin resolver, pues aunque naciste allí, has descubierto que la política no habla tu mismo idioma, ni entiende de compasión, ni de vidas, ni de nada. 

Te das cuenta de que a nadie le importas desde hace muchos días, los medios ya callaron hace tiempo y a tu mujer se le secaron las lágrimas, pues la hicieron ver que no había esperanza alguna, a sabiendas de que a lo que ellos llaman esperanza, simple y llanamente consiste en su interés.

Van a llegar dentro de muy poco las elecciones, y su impoluta corbata no les ahoga el cuello precisamente por tu situación. Ya tienen sus culos en sus poltronas, para qué van a azuzar ahora tu asunto, si estás muerto en vida. Sólo esperan que el verdugo que esta mañana te perdonó la vida por el simple hecho de jugar contigo, no acabe contigo la siguiente, y tu reguero de sangre se convierta en asunto de estado, en la melodía de los altavoces mediáticos.

Te engañaron, te dejaste engañar, y ahora pagas la consecuencia. Les creíste pocos en número, les pensaste escasos, pero su odio exacerbado es aún mayor que el tuyo antes de saborear las mieles de la victoria, que se ha vuelto amarga, rancia y podrida, mas letal que el peor de los venenos.

Pero obviaste un matiz, que no es otro que ellos, en vez de estar engañados por la política, están engañados por su Dios. Por el mismo estúpido Dios. Y sólo él todo lo puede.


Pablo A.K.

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